Lemmings, cuento de Richard Matheson

—¿De dónde vienen? —preguntó Reordon. —De todas partes —replicó Carmack. Ambos hombres permanecían junto a la carretera de la costa, y, hasta donde alcanzaban sus miradas, no podían ver más que coches. Miles de automóviles se encontraban embotellados, costado contra costado y paragolpe contra paragolpe. La carretera formaba una sólida masa con ellos. —Ahí vienen unos cuantos más —señaló Carmack. Los dos policías miraron a la multitud que caminaba hacia la playa. Muchos charlaban y reían. Algunos permanecían silenciosos y serios. Pero todos iban hacia la playa. —No lo comprendo —dijo Reordon, meneando la cabeza. En aquella semana debía de ser la centésima vez que hacía el mismo comentario—. No puedo comprenderlo. Carmack se encogió de hombros. —No pienses en ello. Ocurre. Eso es todo. —¡Pero es una locura! —Sí, pero ahí van —replicó Carmack. Mientras los dos policías observaban, el gentío atravesó las grises arenas de la playa y comenzó a adentrarse en las agua...