viernes, 6 de enero de 2017

La novela paranoide, Ricardo Piglia y el policial

Por Iván Farías
"Borges decía que Poe había engendrado un nuevo tipo de lector, alguien que llega al Quijote y lee 'En un lugar de la Mancha' y empieza a sospechar, empieza el juego de suposiciones... Y que luego lee 'de cuyo nombre no quiero acordarme' e inmediatamente se pregunta: ¿Por qué no quiere acordarse el narrador de este lugar? ¿Me está intentando engañar? ¡Sin duda este narrador es el culpable o el asesino!" Camilo Hernández a Ricardo Piglia.

Para entender la forma en que Piglia escribe policial debemos entender las dos vertientes en las que se mueve, en los dos escritores en los que regala sus afectos. Uno de ellos es Jorge Luis Borges, desde luego, figura señera, padre omnipresente de la literatura argentina, y por eso mismo tótem al cual se ama y se odia por igual. Piglia siempre ha demostrado una afinidad muy clara por él. En entrevistas, artículos y cuentos muestra su respeto y gusto por el creador de “El libro de arena”, pero también se ha desmarcado de él, y de manera velada, pone su distancia.
            En la entrevista hecha para el libro “Asesinos de papel: ensayos sobre narrativa policial” de Jorge Raúl Lafforgue y Jorge B. Rivera, Piglia se opone de forma discreta, pero firme, a la concepción que tenía Borges (y Cortazar) del policial. “Pienso que en las reglas policial clásico el grupo Sur encontraba ciertos elementos que justificaban su concepción de la literatura –y no solo de la literatura–: el fetiche de la inteligencia pura que valoraba sobre todo la omnipotencia del pensamiento y de la lógica imbatible de los personajes encargados de proteger la vida burguesa. A partir de esta fascinación por el investigador como razonador, el gran racionalista que resuelve los enigmas, está claro que las novelas duras de la serie negra eran ilegibles; quiero decir, eran relatos “salvajes”, primitivos, irracionales.”
Así como Borges creo El Séptimo Círculo, en 1945, una colección dirigida por él y su amigo y cómplice, Adolfo Bioy Casares, dedicada a difundir la novela enigma, principalmente inglesa, no es extraño que Piglia en la editorial Tiempo contemporáneo publicara lo mejor del hardboiled norteamericano en su Serie negra de 1969. Piglia al publicar a personajes como Hammet, Cain o Chandler hacía una declaración de principios, poniendo distancia de los dos santones del Río de la plata, Borges y Cortazar. Y digo Cortazar por él consideraba a estos autores como ejecutantes “de una literatura degradada”.
Sin embargo, Piglia haría un juego metaliterario, nada más alejado del hardboiled gringo, sino más bien de ese juego de espejos narrativo, que tanto gustaba a Borges. El que escribe los textos de introducción de aquella primera antología de la Serie Negra, sería el alter ego de Piglia, Emilio Renzi. De esa manera, Piglia comenzaría lo que sería uno de los muchos juegos metaliterarios, que lo acompañarían durante toda su vida. Ricardo Emilio Piglia Renzi, así se desdobla en dos personas, en el escritor y catedrático y en el personaje literario.
Renzi vería la luz en su primer libro de cuentos de Piglia, La Invasión, de 1967, reeditado años después en Anagrama, con el añadido de varios cuentos. Dice el argentino de sí mismo y de su otro yo: “A Emilio Renzi le interesaba la lingüística pero se ganaba la vida haciendo bibliográficas en el diario El Mundo: haber pasado cinco años en la facultad especializándose en la fonología de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas de media página sobre el desolado panorama literario nacional era sin duda la causa de su melancolía, de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo acercaba a los personajes de Roberto Arlt.”
Renzi sería protagonista de cuentos y novelas. El texto antes citado es del relato cíclico, La Loca y el relato del crimen, con el que Piglia se haría acreedor a un concurso internacional de relatos policiales. El cuento, es en realidad una construcción enigma, de esas que disfrutaba tanto Borges, en donde la resolución de un crimen pasa más por el intelecto que por la acción.
Estrictamente hablando, Piglia ha escrito solamente una novela negra, Plata quemada. El resto son juegos que utilizan al género policiaco para sostener una historia, una suerte de motor para plasmar en papel muchas de las ideas del autor sobre la literatura. Como él mismo dice: “(La novela policial) …mantiene, a veces de modo fantásmico, Las tres relaciones básicas: detective, asesino y víctima. A veces descarta a uno de ellos, trabaja con dos de ellos solamente… Por eso yo lo llamo “ficción paranoica” al estado del género y a su origen también… es un tipo de relato que trabaja con la amenaza, con la persecución, con el exceso de interpretación, la tentación paranoide de encontrarle a todo una razón, una causa.”
En Plata quemada, Piglia le rinde homenaje al otro autor argentino al que admira, Rodolfo Walsh. Lo primero que hace en esa novela es dejar de jugar con la literatura, en cuanto a hacer meta referencias, toma un hecho real y lo va narrando, tomando algunas precauciones, como el no poner los nombres reales de los protagonistas y tomándose libertades ficcionales para evitar problemas.  Sin embargo, al reflejar la realidad, como a Walsh, la escritura le trajo consecuencias.
“Walsh me parece muy actual.” Afirma Piglia. “Walsh estaba contra del objeto libro. Había dejado atrás el objeto libro, la idea de que un escritor tenía que escribir libros… Consideraba que el mundo de los libros estaba todo el mundo de la pequeña burguesía intelectual y todo el camaludaje que el detestaba y que nosotros llamaríamos la figura del autor. Entonces empezó a publicar sus libros fragmentados, y terminó inventado formas nuevas de hacer periodismo, no por el contenido, sino por medios nuevos. Creo que por eso es muy actual.”
Por Plata quemada fue demandado en una primera instancia, por  Gustavo Nielsen finalista del Premio Planeta, el cual Piglia había ganado. La justica argentina le acabó quitando el premio. Luego, una de los protagonistas del evento narrado, acusó que se dañaba moralmente al mencionársele en la novela. El juicio no procedió. Claudia Dorda, hija de uno de los ladrones, también quiso su tajada de pastel. Pero Piglia una vez más salió bien librado.

Así, Emilio Renzi, Ricardo Piglia, se debate entre esas dos vertientes, Borges y Walsh. Una suerte de ser bicéfalo, que busca un lector que desconfíe, que sospeche, que busque pistas, un lector paranoide.
Texto aparecido en la Revista Pez Banana.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Secretos de familia (cuento decembrino)

Que sea tu cruel adios, mi navidad
José Alfredo Jiménez

Por Iván Farías
Colgado de dos postes, sobre una esquina abandonada, hay un letrero con el sello del gobierno delegacional que te pide no tirar basura escrito en español y en chino mandarín, seguido de las penas por hacerlo. La advertencia no sirve de nada porque día a día se acumulan las bolsas con desperdicios hasta desbordarse. El líquido dorado, apestoso, de los desechos orgánicos, se esparce por la banqueta y gotea incesante hacia el asfalto.
            Yo trabajaba a unos 20 metros de ahí, en una tienda que se llama Kuàilè lóng, “El dragón feliz”, una especie de minisuper que debe ser muy común en China, pero que en la ciudad era una especie de oasis para que los asiáticos vinieran a comprar arroz, algas y demás cosas que no eran tan fáciles de encontrar en una tienda normal.
El auténtico barrio chino de la ciudad queda a la vuelta del metro Viaducto, justo sobre Coruña. No hay un arco con dragones ni leones custodios, no hay nada que lo identifique oficialmente pero todo mundo sabe que ahí es. Yo trabajaba con el señor Wei Chen, un tipo serio, delgado, que vestía siempre con camisas rayadas y que necesitaba unas gruesas gafas de carey sobre su nariz para poder ver las cuentas del día. Su hija Mei, era una chica delgada un poco más grande que yo, de lacios cabellos negros y que, pese haber nacido en México, no podía hablar más que algunas palabras en español.
Los chinos son personas reservadas, que buscan evitar problemas; tal vez sea esa la razón por la cual no tratan con occidentales. Yo estaba con ellos porque me necesitaban. La mayoría evitan hablar español porque no lo necesitan, pero “El dragón feliz” se nutría del éxito de la comida gourmet y arrastraba a clientes no asiáticos.
El señor Chen podría odiar secretamente a los mexicanos pero le gustaba nuestro dinero, así que me contrató para explicarles a los consumidores las bondades del té verde, del arroz, de las hierbas aromáticas y las especies. Me gané su confianza en poco tiempo, y podía deambular por toda la tienda, menos en el cuarto del rincón reservado a una exclusiva clientela asiática que noche tras noche se reunía ahí. Como era buen empleado, apenas si tenía vida fuera del local, me dio un cuarto en la azotea del edificio donde estaba el establecimiento. Así, un día me vi rodeado de chinos por todos lados, con sus griterías, sus olores al cocinar y sus rostros pálidos, siempre sonrientes y su forma tan peculiar de caminar. Mi cuarto era iluminado por un letrero luminoso en mandarín que ofrecía comida rápida y que por las noches me dificultaba dormir.
Cuando era navidad, como lo fue aquel año, el señor Chen nos obligaba a ponernos discretos gorros rojos de Santa Claus, además de colocar un entramado de lámparas de papel en la calle frente a la entrada y pegar caras sonrientes de santacloses con los ojos rasgados, en las puertas de los refrigeradores. Todo Made in China.
Cada vez que haya compla diga “feliz navidad” al cliente, —me ordenaba.
Era un trabajo sencillo que me permitía tener las noches para mí, en la soledad de mi cuarto de azotea, con mi cama solitaria y mi paquete de revistas pornográficas que me ayudaban en esas madrugadas frías. A veces caminaba por Tlalpan y entre las decenas de mujeres trans encontraba a una que de verdad lo fuera, la invitaba a mi casa pero nunca quería ir, así que acabábamos revolcándonos en el Hotel Princesa, al que llegábamos caminando. Luego se iba y yo volvía a mis pensamientos, liberado ya de la necesidad carnal.

Soy feo, flacucho, con marcas de acné y mis dientes, ¡mis dientes son un desastre! Tal vez por esa imagen horrible en mi espejo debí saber que ella no era para mí, que esas piernas morenas, con calcetas negras y faldas pegadas no estaban en ese bar para mí. Aunque hayan sido mías. Atenea, se llamaba, como la diosa de Los Caballeros del Zodiaco.
La conocí en aquella noche decembrina, con el frío de la ciudad calando los huesos, en un bar cercano, al cual iba seguido a sentirme rodeado de humanidad. Cualquier solitario busca un pretexto para ver gente y soñar que un día su suerte cambiará. Cuando llegué al sitio, donde debería haber un grupo, me esperaba una pantalla gigante y sobre ella se proyectaban videos.
Me senté en la barra, alejado de todos y pedí una cerveza. Yo no tomo, pero la gente en los bares bebe así que yo debía hacerlo para no desentonar. Una chica de cabello negro, cortado como hongo, con las piernas cruzadas y una chamarrita vaquera, con los hombros desnudos, desafiando el frío, fijó su mirada en mí. Fueron solo segundos pero lo sentí. Ninguna mujer hace eso conmigo. Ninguna lo había hecho y ninguna lo volvería hacer.
Un hombretón de chamarra de cuero y cabello a rape, con pinta de villano motociclista, parecía ser su pareja. Me tomé mi cerveza y dejé que el tiempo pasara. Me iría antes de las doce para poder subir al metro y evitar caminar a casa. Fui al baño y ella se cruzó conmigo. Ni mis dientes amontonados ni mi cara con acné le molestaron en lo más mínimo.
No te me acerques, le dije con miedo, pero ella me respondió: déjate llevar. Me arrastró con su cuerpo pletórico de piel, oloroso a mujer, hacía lo más profundo del lugar. Me abandoné a su conducción y nos fuimos hasta mi cuarto de azotea. En el edificio donde los chinos dormían el sueño del trabajo, nosotros cogíamos en una cama que nunca había sido tocada por mujer alguna. El letrero en mandarín se encendía y se apagaba.
¿Prefieres estar acá? —Me dijo ella, saliendo de mi cuarto, mientras yo veía el cielo nocturno, sentado en la orilla de la barda que divide la azota del precipicio. Mis pies colgaban en el vacío.
Ella era una estatua de carne cubierta por mis cobijas sucias.
—Es que la cama es pequeña, mejor te la dejé para que descansaras.
—No seas tonto. ¿Tienes cigarros? —Me busqué en el pantalón y encontré unos. Se los di, junto a mi encendedor. Ella se lo puso en la boca para encenderlo como si fuera una actriz de cine. Soltó el humo por la nariz y por breves segundos acarició su cara.
—¿Cuánto tienes trabajando con los chinos? —preguntó sentándose al lado mío, dejándose iluminar por el letrero de comida rápida.
—Algunos años.
—Entonces, los conoces bien.
—Muy bien.
—Seguro se meten mucho dinero.
—Mucho dinero. Al señor Chen le va muy bien.
—No es justo, ¿no crees?
—Trabajan mucho, —le dije con seguridad. —El señor Chen llegó en un barco luego de un viaje de semanas encerrado en un contenedor, con decenas de chinos comiendo y cagando encerrados sin ver la luz del sol. Desde que llegó a México no descansa. Siempre trabaja. Se merece cada peso.
Ella dio una larga calada al cigarro y vio hacia el cielo rojo de la ciudad, sin estrellas.
—Ya casi es 24. ¿Qué te regaló de navidad?
—Nada.
—Tanto dinero y ¿nada?
—Siempre me da un bono y cosas de la tienda.
Ella se levantó y quitándose la cobija, dejó ver su cuerpo desnudo frente a mí. Su pubis de cabello hirsuto, que olía a sexo, quedó frente a mi cara.
—Deberías de tomarte un bono directo, my little china boy —dijo y con sus manos acercó mi boca a su vagina. —Yo te voy a decir cómo.

El plan era que el día de más venta, el 25 de diciembre, dejara abierta la tienda para que ella pudiera llegar en la noche y tener acceso a la caja fuerte, sacarla. Así, yo estar libre de sospechas. El señor Chen era mi protector, pero la carne de una mujer en un hombre solitario es más fuerte que cualquier razonamiento.
Acaté el plan paso por paso. Cerramos a las 5 de la tarde. El señor Chen guardó el dinero en la caja, gruesos fajos de billetes de varias denominaciones, luego él  y su hija me dieron un abrazo, una bolsa de comida y un sobre amarillo con dinero. Los dejé sobre la barra, mientras ellos se internaban en la puerta restringida para mí. Guardé las cosas que estaban regadas, limpié la barra, es decir, mi rutina de todos los días, con la excepción de cerrar los candados.
A las once la noche en punto, tal cual quedamos, me asomé a la azotea y vi que llegaba una camioneta con batea. Se detuvo frente a la tienda y Atenea descendió. Caminaba gatuna, digna, incluso pisos arriba podía oler su piel que demandaba mis besos y mis manos. O cuando menos eso pensaba yo. Se acercó a la puerta y la encontró abierta. Yo decidí bajar para verla, aunque el plan era que me quedara en mi cuarto.
Las escaleras desaparecieron bajo mis pies y en unos segundos estuve abajo. Cuando abrí la puerta la encontré con el tipo del bar, el villano motociclista, empujaba la caja fuerte ayudado por un diablito.
—¿Quién eres? —Le pregunté indignado, aunque ya sabía la respuesta.
—Callate, little china boy, ya tuviste tu parte del botín. Mejor súbete a tu cuchitril y piérdete. —Ordenó Atenea con desprecio, siendo totalmente diferente a la gatita de la otra noche.
—Le voy a decir al señor Chen —advertí como un verdadero idiota, más llevado por los celos que por desear cumplir mi advertencia.
—Haz lo que quieras, cabrón —dijo el rapado dejando el diablito en el suelo y sacando de entre sus ropas un revólver. —Pero si te mueves, te meto un pinche plomazo.
—Nos diste lástima. —Dijo ella, dejando caer su cabello sobre el ojo derecho —Podíamos haberte obligado y ya, pero te quisimos dar un regalo.
—Escuchaste, ¡pendejo!
Yo nunca me engañé. Sabía que el pago por esa noche era ella. Bajé la cabeza y el tipo hizo lo mismo con el revólver.
Llegaron a la salida y cuando iban a salir los detuve.
—Hay más dinero. —Les dije. —Mucho más dinero que ese, más dinero del que puedan gastar.
—¿Dónde Little china boy? —Atenea volvió a su mirada de gatita tierna. —Dinos dónde.
—Los chinos juegan hoy. Detrás de la puerta están las ganancias del majiang, ¿Oye esos golpes? Son las fichas del maijiang.
—¿Qué madres dices? —El tipo levantó de nuevo el revólver y me lo acercó a la cara. Muy bajo pero se alcanzaba a oír como en el sótano los apostadores azotaban en las mesas de madera las fichas del juego.
—A los chinos les gusta apostar en un juego que se llama maijiang. El señor Chen les presta unas mesas en el sótano y ahí se guardan las apuestas. La caja es más pesada, pero tiene mucho más dinero. Todos son chinos viejos, con una pistola bastará.
Atenea y el tipo se vieron interrogantes.
—Yo tengo la llave, si me dan el dinero de esta caja, se pueden llevar lo de la otra. Sé dónde está la llave. —Sin decir palabras aceptaron mi propuesta.


Yo no tuve padre, así que el señor Chen, a fin de cuentas, era el mío. Me cuidaba y me alimentaba. Yo era de su familia y uno guarda los secretos familiares, como la casa de juego de la tienda. Saqué la llave del mostrador y se las di. Cuando abrieron, dos cuchillos se enterraron en sus gargantas. La gente de las triadas cuida mucho el sagrado juego del maijiang. Ningún occidental podía entrar ahí, ni siquiera un pequeño niño chino, como yo.

jueves, 14 de abril de 2016

El cuchillo del "Chalequero".


Es en 1829 que sir Robert Peel crea en Londres, Inglaterra la primera policía organizada del mundo. Dividida en 17 divisiones, con cuatro inspectores cada una, se dedicaban exclusivamente a la vigilancia y a la persecución del delito. Debido al nombre de su creador es que en Inglaterra a los policías se les decía (y todavía algún perdido les llama así): “bobbies”.
            Fue la división H, dispuesta en uno de los barrios más pobres de Londres, Whitechapel, donde en 1888 comenzó a matar prostitutas un hombre que firmaba sus cartas como Jack, El destripador. Cuando las noticias de ese asesino llegaron a nuestro país, los periódicos mexicanos lo llamaron “El chalequero inglés”, porque acá, años antes, de 1880 a 1888 un hombre llamado Francisco Guerrero, alias el Chalequero, había dado cuenta de veinte prostitutas, violándolas, degollándolas y dejándolas tiradas en el río Consulado, por el barrio de Peralvillo.
            En aquellos años el régimen de Porfirio Díaz había consolidando una serie de reformas que le darían una estabilidad sin precedentes al país. Reformas que comenzaron con Benito Juárez. Una de ellas es la puesta en marcha de la constitución de 1857, al igual que el código civil y penal de 1870. Díaz llegaría reorganizar el bandolerismo y a las distintas fuerzas políticas del país en un solo mando, el suyo. El general creía mucho en un grupo de asesores suyos que fueron llamados los científicos, que positivistas a fin de cuentas, pensaban que la técnica resolvería todos los problemas que aquejaban a la sociedad mexicana.
            Importando modelos o haciendo aportaciones propias, este grupo de “científicos” aportaban ideas para crear una urbe a la altura de las europeas o norteamericanas. Uno de los principales problemas a los que se enfrentaron fue al de la criminalidad común y corriente. La desigualdad repartición de la riqueza y el despojo de tierras hicieron que las oleadas de pobres, provenientes del resto de la república, llegaran a la Ciudad de México a engrosar a los ya existentes. Esto, aunado al desigual reparto de servicios en los barrios, (en los de pobres ni agua corriente y en los de ricos la última tecnología), hacía que hubiera grandes franjas de delincuencia donde la justicia porfiriana no entraba. Una de ellas era Peralvillo.
            Eso y otros factores hicieron que Francisco Guerrero, el Chalequero, pudiera actuar a sus anchas sin ser detenido durante poco más de siete años. Uno de esos factores era su aspecto físico, su vanidad. Era, con todas las de la ley, un macho bien plantado. Zapatero, con casi nula instrucción, proveniente de un hogar destruido, como muchos en ese momento, Guerrero vestía siempre con sombrero, adornos en pantalón, zapato y mangas, un mostacho tupido y una mirada fiera que le iluminaba el rostro, hacía que tuviera muchas amantes que lo mantenían siempre como un catrín.
El chaleco era su distintivo, los usaba porque en él podía esconder la charrasca con la que cortaba el cuero para los zapatos y las carnes de sus víctimas. Con buena labia, pero muy adicto al aguamiel, al pulque y a enamorar a cuanta mujer pudiera, no aceptaba un no por respuesta. Era, pese a la buena ropa y a sus buenas maneras, un sádico. Se acercaba a las prostitutas y cuando, ebrio o enceguecido por la furia, hacía brillar su cuchillo, las violaba y luego mataba con sendos cortes, para luego dejar sus cuerpos en el río Consulado, es decir, en las entonces afueras de la ciudad.
Pronto el terror comenzó a apoderarse de las buenas consciencias porfirianas y es cuando Díaz desenvainó “la matona”, que era así como le llamaban a su espada sus detractores. Instruyó que lo atraparan, pero la policía no daba pie con bola. El asesino se escabullía entre la población flotante y los miles de pobres que a diario trataban de sobrevivir en los barrios marginales.
Sería la suerte y el deseo de pulque por parte de Guerrero lo que llevarían a su captura. Fue en julio de 1888 que, luego de torturar durante tres días a Lorenza Urrutia, una prostituta joven del barrio de La Villa, que salió a echarse unos tragos a un lupanar cercano, cosa que aprovechó uno de los vecinos que se había dado cuenta del crimen,  para llamar a la policía. Estos lo atraparon con las moscas sobre el pulque.
            La prensa de aquellos tiempos se dio gusto con el asesino, cuando el tipo, en lugar de argumentar inocencia, comenzó a despepitar con lujo de detalles todos sus crímenes,  justificando, dentro de su inconsciencia, cada uno. La prensa de Vanegas, con la increíble mano de Posada en los grabados, hizo varias hojas volantes hablando sobre el proceso que se le seguía. Poco a poco Francisco Guerrero, el Chalequero, se convertía en toda una celebridad.
            Quien sabe qué extraña fascinación despierta este tipo de personas que la gente mezcla su repudio y su gozo en uno. Pronto, toda la Ciudad de México hablaba de sus crímenes, pero también de sus maneras y su buen vestir. Los jueces lo condenaron a la pena de muerte, pero cosa extraña, Díaz se la condonó a la pena por 30 años a la sombra en San Juan de Ulua. El mismo Díaz que mandó a asesinar a jornaleros en Cananea y Río Blanco cuando estos exigieron mejores condiciones de trabajo, le perdonó la vida a un tipo que había asesinado a 18 mujeres y de la peor manera.
            Pero el Chalequero no cumplió su condena, en 1904, y tal vez por un error, el chalequero fue indultado junto con varios presos políticos. Lo primero que hizo el Chalequero fue ir a matar a una prostituta vieja que de malas maneras lo trató. La policía lo detuvo a pocos metros de su víctima, todavía con sangre en las manos. Fue de inmediato aprendido y condenado al patíbulo, pero la tuberculosis y los años de alcoholismo le cobraron la factura, así que la justicia del hombre nunca la conoció.
            Cosa curiosa, fue de los presos que inauguraron una de las magnas obras del porfiriato, Lecumberri y murió justo unos meses antes de la revolución que hiciera huir a Díaz a Paris.
PD El escritor Bernardo Esquinca hizo una novela llamada "Carne de ataud", tomándolo como personaje.


Escrito para una revista de la CDMX que no sé si vió la luz.

miércoles, 23 de marzo de 2016

VHS Héroes enmascarados




A decir de muchos, los crossovers nacieron con los superhéroes. Es decir, la mezcla de varios personajes en una misma historia. Para poner un ejemplo, Los vengadores son un gran crossover. Y anuncian que Civil War tendrá más de 67 personajes. 67 personas en mallitas, corriendo de aquí para allá, enfrente de pantallas verdes a las cuales, después, se les pondrán los efectos especiales.
Acá entre nos, ya me saturé de superhéroes. Pero entiéndame, ya estoy viejito. Les voy a contar, los primeros hombres enmascarados que conocí fueron los luchadores. En 1953 México inauguró el género, un género que con el paso del tiempo varias cinematografías adoptaron. En serio, no es broma. Los luchadores son superhéroes. Ellos representan un personaje y lo hacen vivir dentro del ring.
El Satánico no es en realidad un acólito de Satanás, sino un señor, que segurito va a misa los domingos. Tampoco el Santo era un santo, más bien, dicen, que era bastante coqueto. Y no, su máscara no era de plata, aunque por lo que cuesta una firmada es más bien, como si fuera de oro.
Los luchadores siempre han sido como una especie de fuerzas sobrenaturales del bien, mezcla de agentes secretos y justicieros enmascarados. Al principio cada uno tenía sus películas. Blue Demon peleaba con arañas del espacio y el Santo contra estranguladores. Luego, ambos juntaron fuerzas, (como después harían Batman y Superman), cuando pelearon monstruos provenientes del laboratorio-castillo de un mad doctor. Pero al enfrentarse contra las momias de Guanajuato tuvieron que unir fuerzas con Mil Máscaras para poder vencer a Tinieblas, quien portaba el disfraz de la momia Satán.
Pero el máximo crossover vino en Los campeones justicieros, donde tuvieron que echar bola Blue Demon, Rayo de Jalisco, Tinieblas, Médico Asesino, La sombra Vengadora y Black Shadow para vencer a otro científico loco. Al parecer, en México el Poli y la UNAM abastecen bastantes mad doctors a las filas del mal.
Ustedes se emocionan porque va a salir Hulk y Iron Man juntos de nuevo, pero yo ya vi esa locura turca llamada 3 Dev Adam, donde Santo y Capitan América hacen equipo para acabar con un diabólico Spider man en Estambul. Bitch please!

Columna publicada en la versión impresa de Playboy Mexico.

lunes, 4 de enero de 2016

El señor Elías



Suena el teléfono y escucho la voz inconfundible del señor Elías T*.
—Buenas tardes, busco un libro que encargue, es sobre Ortega y Gasset.
—Señor Elías, —le respondo alegre.
—Es usted, Iván, ¿cierto?
Nos ponemos a platicar. Siempre habla en la mañana a la librería, cuando el trabajo pesado todavía no empieza por lo que le puedo dedicar tiempo a su llamada. Mientras yo me tomo un café tengo la seguridad que él está terminando el suyo. O tal vez desde su mesa de desayuno marca y disfruta de la charla.
Es un buen cliente. Por lo poco que lo conozco y lo menos que confiesa, es judío, de ascendencia española. Deberá tener un poco más de ochenta años, aunque la voz engolada, suave y pausada es la de un hombre de no más de cincuenta. Es un gran lector de filosofía, aunque me ha asegurado que antes leía mucha novela.
—Rusos, españoles, italianos, mexicanos. Leí muchos mexicanos, Iván, pero ya no más. Estoy centrado en la filosofía.
Lo cual es mentira, en lo que está centrado es en Ortega y Gasset en exclusiva. Ha comprado (y leído) todos los tomos de las obras completas editadas por Taurus y cuanta bibliografía relacionada él que le consigo.
A veces le hago la broma tonta de si no quiere comprar un libro en solitario de Ortega, sin Gasset y, tal vez por amabilidad o porque a esa hora del día mis simplezas le causan gracia, suelta una risa diáfana y completa: es usted tremendo.
 —Tengo el libro tal, por fin llegó.
—Voy por él, Iván. —Siempre acaba las frases con mi nombre. Al principio me hablaba de usted, pero un día ambos tomamos confianza y comenzó a llamarme por mi nombre. Yo siempre por señor Elías.
—¿Nada de Reyes? —Le digo a manera de broma, otra vez, ya que luego de una gran amistad Alfonso Reyes y Gasset terminaron muy enemistados. Enemistad que algún día me explicó que se debió a un acto de arrogancia del regio y la poca tolerancia del español.
—Nada de Reyes. —Repite y jura que vendrá por el libro que me encargó “para saludarme”, aunque sé que no lo hará porque casi no sale de sus casa. “Estoy viejo, ya no tengo la fuerza de antes.” Me confesó la primera vez que le reclamé al dejarme plantado. Siempre me dice, “voy para allá” y a los pocos minutos vuelve a marcar para disculparse. Entonces manda al chofer, un tipo que entrega un papel con una letra muy fina, manuscrita con el nombre del libro, el costo y una nota que dice: “favor de entregárselo, Elias T*”.
A veces manda a la mujer de la limpieza, una señora como de cincuenta años, muy aguerrida que pelea hasta el último peso de su patrón y las más de la veces ha tenido que irse sin el libro y regresar después porque el precio, a la hora de hacerle el descuento, no cuadra con lo que le dijeron.
Tenía cerca de tres meses que no marcaba. Cuando un hombre de su edad desaparece tanto tiempo uno piensa en la muerte. La muerte de alguien que es solo una voz en el teléfono, un fantasma, un nombre en la lista de apartados, una amistad que no existe. Si falleciera no me enteraría, no sabría si solo se cambió de casa o dejo de comprar en la librería y se fue a otra. Nada.
—Ojalá un día venga, don Elías. Me gustaría mucho conocerlo y estrechar su mano. —Le digo con sinceridad al teléfono.
—Un día de estos, —me responde muy amable, mientras me dicta una lista de libros inconseguible y un nuevo estudio sobre Ortega y Gasset. —Va a ver que sí, un día estos voy a ir y no me va reconocer, pero yo a usted sí. —Me dice y me despido.