jueves, 14 de abril de 2016

El cuchillo del "Chalequero".


Es en 1829 que sir Robert Peel crea en Londres, Inglaterra la primera policía organizada del mundo. Dividida en 17 divisiones, con cuatro inspectores cada una, se dedicaban exclusivamente a la vigilancia y a la persecución del delito. Debido al nombre de su creador es que en Inglaterra a los policías se les decía (y todavía algún perdido les llama así): “bobbies”.
            Fue la división H, dispuesta en uno de los barrios más pobres de Londres, Whitechapel, donde en 1888 comenzó a matar prostitutas un hombre que firmaba sus cartas como Jack, El destripador. Cuando las noticias de ese asesino llegaron a nuestro país, los periódicos mexicanos lo llamaron “El chalequero inglés”, porque acá, años antes, de 1880 a 1888 un hombre llamado Francisco Guerrero, alias el Chalequero, había dado cuenta de veinte prostitutas, violándolas, degollándolas y dejándolas tiradas en el río Consulado, por el barrio de Peralvillo.
            En aquellos años el régimen de Porfirio Díaz había consolidando una serie de reformas que le darían una estabilidad sin precedentes al país. Reformas que comenzaron con Benito Juárez. Una de ellas es la puesta en marcha de la constitución de 1857, al igual que el código civil y penal de 1870. Díaz llegaría reorganizar el bandolerismo y a las distintas fuerzas políticas del país en un solo mando, el suyo. El general creía mucho en un grupo de asesores suyos que fueron llamados los científicos, que positivistas a fin de cuentas, pensaban que la técnica resolvería todos los problemas que aquejaban a la sociedad mexicana.
            Importando modelos o haciendo aportaciones propias, este grupo de “científicos” aportaban ideas para crear una urbe a la altura de las europeas o norteamericanas. Uno de los principales problemas a los que se enfrentaron fue al de la criminalidad común y corriente. La desigualdad repartición de la riqueza y el despojo de tierras hicieron que las oleadas de pobres, provenientes del resto de la república, llegaran a la Ciudad de México a engrosar a los ya existentes. Esto, aunado al desigual reparto de servicios en los barrios, (en los de pobres ni agua corriente y en los de ricos la última tecnología), hacía que hubiera grandes franjas de delincuencia donde la justicia porfiriana no entraba. Una de ellas era Peralvillo.
            Eso y otros factores hicieron que Francisco Guerrero, el Chalequero, pudiera actuar a sus anchas sin ser detenido durante poco más de siete años. Uno de esos factores era su aspecto físico, su vanidad. Era, con todas las de la ley, un macho bien plantado. Zapatero, con casi nula instrucción, proveniente de un hogar destruido, como muchos en ese momento, Guerrero vestía siempre con sombrero, adornos en pantalón, zapato y mangas, un mostacho tupido y una mirada fiera que le iluminaba el rostro, hacía que tuviera muchas amantes que lo mantenían siempre como un catrín.
El chaleco era su distintivo, los usaba porque en él podía esconder la charrasca con la que cortaba el cuero para los zapatos y las carnes de sus víctimas. Con buena labia, pero muy adicto al aguamiel, al pulque y a enamorar a cuanta mujer pudiera, no aceptaba un no por respuesta. Era, pese a la buena ropa y a sus buenas maneras, un sádico. Se acercaba a las prostitutas y cuando, ebrio o enceguecido por la furia, hacía brillar su cuchillo, las violaba y luego mataba con sendos cortes, para luego dejar sus cuerpos en el río Consulado, es decir, en las entonces afueras de la ciudad.
Pronto el terror comenzó a apoderarse de las buenas consciencias porfirianas y es cuando Díaz desenvainó “la matona”, que era así como le llamaban a su espada sus detractores. Instruyó que lo atraparan, pero la policía no daba pie con bola. El asesino se escabullía entre la población flotante y los miles de pobres que a diario trataban de sobrevivir en los barrios marginales.
Sería la suerte y el deseo de pulque por parte de Guerrero lo que llevarían a su captura. Fue en julio de 1888 que, luego de torturar durante tres días a Lorenza Urrutia, una prostituta joven del barrio de La Villa, que salió a echarse unos tragos a un lupanar cercano, cosa que aprovechó uno de los vecinos que se había dado cuenta del crimen,  para llamar a la policía. Estos lo atraparon con las moscas sobre el pulque.
            La prensa de aquellos tiempos se dio gusto con el asesino, cuando el tipo, en lugar de argumentar inocencia, comenzó a despepitar con lujo de detalles todos sus crímenes,  justificando, dentro de su inconsciencia, cada uno. La prensa de Vanegas, con la increíble mano de Posada en los grabados, hizo varias hojas volantes hablando sobre el proceso que se le seguía. Poco a poco Francisco Guerrero, el Chalequero, se convertía en toda una celebridad.
            Quien sabe qué extraña fascinación despierta este tipo de personas que la gente mezcla su repudio y su gozo en uno. Pronto, toda la Ciudad de México hablaba de sus crímenes, pero también de sus maneras y su buen vestir. Los jueces lo condenaron a la pena de muerte, pero cosa extraña, Díaz se la condonó a la pena por 30 años a la sombra en San Juan de Ulua. El mismo Díaz que mandó a asesinar a jornaleros en Cananea y Río Blanco cuando estos exigieron mejores condiciones de trabajo, le perdonó la vida a un tipo que había asesinado a 18 mujeres y de la peor manera.
            Pero el Chalequero no cumplió su condena, en 1904, y tal vez por un error, el chalequero fue indultado junto con varios presos políticos. Lo primero que hizo el Chalequero fue ir a matar a una prostituta vieja que de malas maneras lo trató. La policía lo detuvo a pocos metros de su víctima, todavía con sangre en las manos. Fue de inmediato aprendido y condenado al patíbulo, pero la tuberculosis y los años de alcoholismo le cobraron la factura, así que la justicia del hombre nunca la conoció.
            Cosa curiosa, fue de los presos que inauguraron una de las magnas obras del porfiriato, Lecumberri y murió justo unos meses antes de la revolución que hiciera huir a Díaz a Paris.
PD El escritor Bernardo Esquinca hizo una novela llamada "Carne de ataud", tomándolo como personaje.


Escrito para una revista de la CDMX que no sé si vió la luz.

miércoles, 23 de marzo de 2016

VHS Héroes enmascarados




A decir de muchos, los crossovers nacieron con los superhéroes. Es decir, la mezcla de varios personajes en una misma historia. Para poner un ejemplo, Los vengadores son un gran crossover. Y anuncian que Civil War tendrá más de 67 personajes. 67 personas en mallitas, corriendo de aquí para allá, enfrente de pantallas verdes a las cuales, después, se les pondrán los efectos especiales.
Acá entre nos, ya me saturé de superhéroes. Pero entiéndame, ya estoy viejito. Les voy a contar, los primeros hombres enmascarados que conocí fueron los luchadores. En 1953 México inauguró el género, un género que con el paso del tiempo varias cinematografías adoptaron. En serio, no es broma. Los luchadores son superhéroes. Ellos representan un personaje y lo hacen vivir dentro del ring.
El Satánico no es en realidad un acólito de Satanás, sino un señor, que segurito va a misa los domingos. Tampoco el Santo era un santo, más bien, dicen, que era bastante coqueto. Y no, su máscara no era de plata, aunque por lo que cuesta una firmada es más bien, como si fuera de oro.
Los luchadores siempre han sido como una especie de fuerzas sobrenaturales del bien, mezcla de agentes secretos y justicieros enmascarados. Al principio cada uno tenía sus películas. Blue Demon peleaba con arañas del espacio y el Santo contra estranguladores. Luego, ambos juntaron fuerzas, (como después harían Batman y Superman), cuando pelearon monstruos provenientes del laboratorio-castillo de un mad doctor. Pero al enfrentarse contra las momias de Guanajuato tuvieron que unir fuerzas con Mil Máscaras para poder vencer a Tinieblas, quien portaba el disfraz de la momia Satán.
Pero el máximo crossover vino en Los campeones justicieros, donde tuvieron que echar bola Blue Demon, Rayo de Jalisco, Tinieblas, Médico Asesino, La sombra Vengadora y Black Shadow para vencer a otro científico loco. Al parecer, en México el Poli y la UNAM abastecen bastantes mad doctors a las filas del mal.
Ustedes se emocionan porque va a salir Hulk y Iron Man juntos de nuevo, pero yo ya vi esa locura turca llamada 3 Dev Adam, donde Santo y Capitan América hacen equipo para acabar con un diabólico Spider man en Estambul. Bitch please!

Columna publicada en la versión impresa de Playboy Mexico.

lunes, 4 de enero de 2016

El señor Elías



Suena el teléfono y escucho la voz inconfundible del señor Elías T*.
—Buenas tardes, busco un libro que encargue, es sobre Ortega y Gasset.
—Señor Elías, —le respondo alegre.
—Es usted, Iván, ¿cierto?
Nos ponemos a platicar. Siempre habla en la mañana a la librería, cuando el trabajo pesado todavía no empieza por lo que le puedo dedicar tiempo a su llamada. Mientras yo me tomo un café tengo la seguridad que él está terminando el suyo. O tal vez desde su mesa de desayuno marca y disfruta de la charla.
Es un buen cliente. Por lo poco que lo conozco y lo menos que confiesa, es judío, de ascendencia española. Deberá tener un poco más de ochenta años, aunque la voz engolada, suave y pausada es la de un hombre de no más de cincuenta. Es un gran lector de filosofía, aunque me ha asegurado que antes leía mucha novela.
—Rusos, españoles, italianos, mexicanos. Leí muchos mexicanos, Iván, pero ya no más. Estoy centrado en la filosofía.
Lo cual es mentira, en lo que está centrado es en Ortega y Gasset en exclusiva. Ha comprado (y leído) todos los tomos de las obras completas editadas por Taurus y cuanta bibliografía relacionada él que le consigo.
A veces le hago la broma tonta de si no quiere comprar un libro en solitario de Ortega, sin Gasset y, tal vez por amabilidad o porque a esa hora del día mis simplezas le causan gracia, suelta una risa diáfana y completa: es usted tremendo.
 —Tengo el libro tal, por fin llegó.
—Voy por él, Iván. —Siempre acaba las frases con mi nombre. Al principio me hablaba de usted, pero un día ambos tomamos confianza y comenzó a llamarme por mi nombre. Yo siempre por señor Elías.
—¿Nada de Reyes? —Le digo a manera de broma, otra vez, ya que luego de una gran amistad Alfonso Reyes y Gasset terminaron muy enemistados. Enemistad que algún día me explicó que se debió a un acto de arrogancia del regio y la poca tolerancia del español.
—Nada de Reyes. —Repite y jura que vendrá por el libro que me encargó “para saludarme”, aunque sé que no lo hará porque casi no sale de sus casa. “Estoy viejo, ya no tengo la fuerza de antes.” Me confesó la primera vez que le reclamé al dejarme plantado. Siempre me dice, “voy para allá” y a los pocos minutos vuelve a marcar para disculparse. Entonces manda al chofer, un tipo que entrega un papel con una letra muy fina, manuscrita con el nombre del libro, el costo y una nota que dice: “favor de entregárselo, Elias T*”.
A veces manda a la mujer de la limpieza, una señora como de cincuenta años, muy aguerrida que pelea hasta el último peso de su patrón y las más de la veces ha tenido que irse sin el libro y regresar después porque el precio, a la hora de hacerle el descuento, no cuadra con lo que le dijeron.
Tenía cerca de tres meses que no marcaba. Cuando un hombre de su edad desaparece tanto tiempo uno piensa en la muerte. La muerte de alguien que es solo una voz en el teléfono, un fantasma, un nombre en la lista de apartados, una amistad que no existe. Si falleciera no me enteraría, no sabría si solo se cambió de casa o dejo de comprar en la librería y se fue a otra. Nada.
—Ojalá un día venga, don Elías. Me gustaría mucho conocerlo y estrechar su mano. —Le digo con sinceridad al teléfono.
—Un día de estos, —me responde muy amable, mientras me dicta una lista de libros inconseguible y un nuevo estudio sobre Ortega y Gasset. —Va a ver que sí, un día estos voy a ir y no me va reconocer, pero yo a usted sí. —Me dice y me despido.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Millennials vs el mundo



Platicaba con un amigo, que tiene 22 años, y me decía muy emocionado que “Los Juegos del hambre” le parecían una increíble película de acción. Yo siempre he pensado que esta generación, los llamados “millennials”, se ahogan con muy poco, pero por paradójico que parezca, necesitan mucha información para ahogarse.
            Es decir, son un poco ignorantes, aunque presuman que son “la generación más informada”. Es decir, pueden recitar toda la información de wikipedia sobre el tema pero no tiene la experiencia sobre el hecho. Así son sus héroes. Pongamos como ejemplo a Jennifer Lawrence. Ella ha necesitado cuatro películas para destruir un gobierno totalitario, en la película de la saga de “los juegos del hambre”. Al querido Arnold Schwarzenegger le bastó una simple carrera por un pedazo de ciudad destruida para acabar con una tele dictadura en “The running man”.
Pongamos otro ejemplo, a Kurt Russel le bastó uno solo de sus ojos para rescatar al presidente de los Estados Unidos en “Escape de Nueva York” de la apocalíptica isla de Manhattan. Mientras que se necesitaron varios adolescentes para escapar de un chafa laberinto en “Maze runner” y eso que apenas comienza la saga.
            Los “millennials” se ponen felices de ver los saltos temporales en las historias de los Hombres X, cuando uno, que pasa de los treinta, las había disfrutado hace décadas en los cómics. Está bien, está bien, sueno ya a viejito necio, de esos que pregonan que todo tiempo pasado fue mejor, pero ¿cómo que la apuesta les está quedando grande a los  “millennials”? Es decir, como que no han dejado nada. Quitemos a Harry Potter, y en cuanta a películas se están quedando con la sopa ramen de siempre, solo con un colorante diferente.
Es como el síndrome Stacy Malibú, le ponen un sombrero nuevo al viejo muñeco y se lo tragan creyendo que es nuevo. Y no busco el hilo negro, la mayoría de las películas que disfruto siguen estructuras muy viejas. Por ejemplo, me gusta mucho el cliché del detective torturado que da todo por resolver el caso. ¿En qué consiste el chiste? En que tiene miedo, en que no toman riesgos, prefieren el copy past y el “homenaje”. Prefieren seguir usando los mismos nombres a inventarse uno nuevo. El jodido y aburrido “universo expandido”.
La película “más terrorífica de esta época”, “It Follows”, es casi escena por escena, un remake de “Halloween”. Se van a lo seguro, no quieren arriesgarse en buscar una nueva forma de contar, no quieren darnos un nuevo héroe, un nuevo villano. Y cuando lo encuentran, lo llenan de todos los problemas morales de los animal lovers. Espero que la siguiente generación si nos regale locura. No seguridad.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Piensa en un número (cuento navideño)

Dos santacloses, cada uno por su lado, entraron al centro comercial. Uno de ellos, el más gordo, llevaba lentes de pasta y una pistola escondida entre las ropas. La pistola se le había comprado a un tipo hace mucho, cuando iba de cacería. John Smith, se llamaba el gringo que se la vendió. Estaban en Sonora y ahí, el gringo con nombre de novio de Pocahontas, se la enseñó. En aquel tiempo el Santa Claus gordo, que se llamaba Armando García, tenía dinero, tanto que podía costearse año con año pagar el permiso del venado. Luego, invirtió mal, y acabó perdiéndolo todo.
            Ese día, 24 de noviembre, no tenía dinero. O cuando menos no él que presumía tener. Ni familia con quién cenar. Su mujer lo había abandonado llevándose a sus dos hijos, en la desesperada, justo antes de verlo caer.
            Armando estaba desesperado. Tendría que dejar el cuchitril que había rentado y pasar la Nochebuena en la calle. Como uno de los muchos indigentes que había despreciado en su otra vida, en la de rico.
            El otro Santa Claus que llegó se llamaba Rodrigo y no era particularmente inteligente. Había conseguido el trabajo en la plaza comercial de junto, luego de estar buscando empleo durante dos meses. Pidió de mesero en una pizzería y acabó vestido de papá Noel sacándose fotos con niños ricos. El problema no era el mercado laboral, el problema es que no tenía muchas luces. De alguna manera había acabado hasta la preparatoria y por alguna razón, que ninguno de sus compinches lograban comprender, nunca había pisado la cárcel. Tenía suerte.
            Tenía suerte, porque había atracado una joyería hacía casi un año y lo más que hizo fue ponerse una máscara de Freddy Krugger y cargar un marro para asestarlo en unas vitrinas con vidrios blindados. Eso fue todo. Nunca fue a las juntas de planeación, ni supo nada más que lo que le dijeron: “tú te pones está máscara, cargas el marro y lo utilizas cuando te digamos”.
            Funcionó. Se compró una motoneta que acabó destruida bajó un tráiler, con el cual choco, salvando la vida de milagro. Con el dinero las mujeres no le faltaron, hasta que acabó quemándolo todo en tonterías. Así que debió buscar un trabajo porque, pese a que obedecía las indicaciones, todo mundo sabía que podía ocasionar un problema en un momento dado. Y nadie, en un robo, quiere tener a un idiota a su lado cuando la posibilidad de ir a la cárcel o morir está en juego.
            Pero ese día, estaba harto de escuchar a niños llorando en sus piernas, y a los papás diciéndole que sonriera, mientras el niño se retorcía como serpiente en sus brazos y le movía la barba y le jalaba las pestañas. Estaba harto. Y quería comprarse un pavo como el de las películas y mucha cerveza y una botella champaña y llegar con su madre y sorprenderla, ("mira madre, me lo dieron en el trabajo") y pasar una buena navidad.
            Así que ese día salió temprano, tomó un viejo revolver que le heredó el padre y fue a trabajar con la convicción que asaltaría el banco de la plaza de junto. Ese era todo su plan: llegar al trabajo y en su descanso ir a asaltar el banco de junto (una pequeña sucursal con dos cajas) y regresar a soportar a los niños. ¿Quién podría desconfiar de un Santa Claus?
            Y así lo hicieron. Rodrigo y Armando entraron casi al mismo tiempo al banco, dos segundos antes y hubieran chocado en la puerta de entrada. Armando se formó detrás de un pelón. Había visto en una película que un Papá Noel ladrón escribía en una ficha de depósito: “The thing in my pocket is a gun. Gime all the cash”. Así que como ahora ya no había fichas de depósito, pego recortes de periódico en una hoja de papel con la frase: “Dame el dinero” y la foto de una Beretta. Quería poner algo más largo pero la verdad es que se había aburrido y no le veía caso a escribir perfectamente: "¡Hijo de puta!, dame todo el dinero o te mato. Voy armado".
Rodrigo veía películas, pero en todas las que robaban bancos los atracadores sacaban una pistola y gritaban: "Estos es un asalto, ¡hijos de su pinche madre!" Así que entró con esa idea en la cabeza. Armando se acercó candorosamente a una caja, en la que atendía una chica y se formó tranquilamente. En ese momento Rodrigo sacó su pistola y gritó: Esto es un asalto, ¡hijosdesuputamadre!
Todos en el banco gritaron y se asustaron. Rodrigo se había equivocado. En unos minutos los guardias de seguridad se darían cuenta y llamarían a la policía. Como dije antes, Rodrigo no tenía muchas luces. El problema es que Armando, bajo presión, tampoco, así que interpeló al otro santaclos.
—Óyeme, pendejo —Gritó sacando su arma, —este es mi robo. Lárgate.
—¿Tú robo? Yo llegué primero.
—Yo llegué primero y me formé. ¿Verdad? —Le dijo al pelón que estaba delante de él en la fila. El pelón afirmó sin saber si era cierto lo que le preguntaban. —¿Ves? Es mi robo y te largas. Ahora señorita, lea esto. —Pistola en mano le acercó su papela la cajera. Ella lo leyó. —Haga lo que le digo.
—Ni madres, es mi robo. —Rodrigo se acercó a la caja siguiente. —A ver, cabrón dame todo el dinero. —El cajero miró sin inmutarse al ladrón. —Que me des el dinero.
—El cristal es a prueba de balas. Si me disparas no me va a pasar nada. —Dijo el cajero. Rodrigo pegó con la punta de la pistola en el vidrio y constató lo que este decía. —Vale madres.
—Eres un pendejo, seguro tenías todo planeado. —Dijo Armando, socarrón.
—No me digas pendejo.
—Pendejo.
—No me digas pendejo que te voy a meter un tiro.
—Bueno, bueno dejemos de perder el tiempo. Tenemos que hacer juntos el asalto. Nos dividimos el dinero y cada quién se va por su lado. ¿Te parece?
—Me parece.
—Bueno, entonces, agarra un rehén.
—Porque voy a agarrar un rehén, agárralo tú. No eres mi jefe. Somos compañeros.
—Pero alguien tiene que dar las órdenes.
—Yo las voy a dar.
—No, no, ya te has equivocado mucho.
—Echemos un volado.
—No podemos echar un volado. Ya sé, piensa un número.
—Está bien. 6
—10. Te gané. Yo doy las órdenes. Agarra un rehén.
Rodrigo tomó a una anciana que estaba a punto del desmayo.
—A ver cabrón, —le dijo al cajero burlón. —Me das el dinero o comienzo a matar gente.
Dos cajeros echaron el dinero a través del pequeño espacio que permitía la caja. Lo absurdo, es que ninguno de los dos santacloses traía una bolsa para echar los fajos, así que utilizaron sus gorros rojos para guardarlos. Cuando se dieron cuenta que no podían cargar más sin perder la pistola y que se habían tardado demasiado, salieron corriendo de la sucursal.

No llegaron lejos. La policía había cerrado las salidas hacía tiempo. Apenas cruzaron la salida los detuvieron. Oficialmente el robo fue de 5 millones. El banco, en realidad, perdió solo cuatro. millones.  Un millón desapareció en el traslado policiaco y el banco se lo cobró al seguro. El Banco creyó que los policías se habían quedado con dos y la policía que el banco.
El millón faltante, por el que nadie preguntó, estuvo guardado en un ligero fajo de billetes de mil, que estuvo en los calzones elásticos del cajero desde que el robo inició. 
Cuento de Iván Farías. La foto es en Nueva York, en 1968. "Santa leaving bar." de Bruce Gilden