Fuera de sí misma
La verdad es que Doña Sara (no es su nombre real) me caía mal. Me molestaba su aire altivo acompañado de su forma imperativa de pedir las cosas. Ella pequeña, delgada, de cabello platinado de canas y unos ojos azules profundos y nerviosos entraba a la librería con sus pasos cortos y firmes, alzaba la vista y buscaba a quién pedirle informes siempre enfundada en un pantalón sastre muy holgado y unos zapatitos pequeños de diseño italiano. Me molestaba que se refiriera mí como “Gordo” y a mi compañero como “Pelón”, así que siempre que podía me le escapaba. Llegó un momento que apenas la veía parecer en el dintel de la puerta huía a la parte de arriba para no tener que atenderla. A eso le agregamos que sus aficiones literarias son completamente distintas a las mías. Es lectora de los autores judíos y de Europa del este. Lo hace por afinidad, ella misma es una migrante de aquellos lugares. Nunca se lo he preguntado pero al...