viernes, 6 de enero de 2017

La novela paranoide, Ricardo Piglia y el policial

Por Iván Farías
"Borges decía que Poe había engendrado un nuevo tipo de lector, alguien que llega al Quijote y lee 'En un lugar de la Mancha' y empieza a sospechar, empieza el juego de suposiciones... Y que luego lee 'de cuyo nombre no quiero acordarme' e inmediatamente se pregunta: ¿Por qué no quiere acordarse el narrador de este lugar? ¿Me está intentando engañar? ¡Sin duda este narrador es el culpable o el asesino!" Camilo Hernández a Ricardo Piglia.

Para entender la forma en que Piglia escribe policial debemos entender las dos vertientes en las que se mueve, en los dos escritores en los que regala sus afectos. Uno de ellos es Jorge Luis Borges, desde luego, figura señera, padre omnipresente de la literatura argentina, y por eso mismo tótem al cual se ama y se odia por igual. Piglia siempre ha demostrado una afinidad muy clara por él. En entrevistas, artículos y cuentos muestra su respeto y gusto por el creador de “El libro de arena”, pero también se ha desmarcado de él, y de manera velada, pone su distancia.
            En la entrevista hecha para el libro “Asesinos de papel: ensayos sobre narrativa policial” de Jorge Raúl Lafforgue y Jorge B. Rivera, Piglia se opone de forma discreta, pero firme, a la concepción que tenía Borges (y Cortazar) del policial. “Pienso que en las reglas policial clásico el grupo Sur encontraba ciertos elementos que justificaban su concepción de la literatura –y no solo de la literatura–: el fetiche de la inteligencia pura que valoraba sobre todo la omnipotencia del pensamiento y de la lógica imbatible de los personajes encargados de proteger la vida burguesa. A partir de esta fascinación por el investigador como razonador, el gran racionalista que resuelve los enigmas, está claro que las novelas duras de la serie negra eran ilegibles; quiero decir, eran relatos “salvajes”, primitivos, irracionales.”
Así como Borges creo El Séptimo Círculo, en 1945, una colección dirigida por él y su amigo y cómplice, Adolfo Bioy Casares, dedicada a difundir la novela enigma, principalmente inglesa, no es extraño que Piglia en la editorial Tiempo contemporáneo publicara lo mejor del hardboiled norteamericano en su Serie negra de 1969. Piglia al publicar a personajes como Hammet, Cain o Chandler hacía una declaración de principios, poniendo distancia de los dos santones del Río de la plata, Borges y Cortazar. Y digo Cortazar por él consideraba a estos autores como ejecutantes “de una literatura degradada”.
Sin embargo, Piglia haría un juego metaliterario, nada más alejado del hardboiled gringo, sino más bien de ese juego de espejos narrativo, que tanto gustaba a Borges. El que escribe los textos de introducción de aquella primera antología de la Serie Negra, sería el alter ego de Piglia, Emilio Renzi. De esa manera, Piglia comenzaría lo que sería uno de los muchos juegos metaliterarios, que lo acompañarían durante toda su vida. Ricardo Emilio Piglia Renzi, así se desdobla en dos personas, en el escritor y catedrático y en el personaje literario.
Renzi vería la luz en su primer libro de cuentos de Piglia, La Invasión, de 1967, reeditado años después en Anagrama, con el añadido de varios cuentos. Dice el argentino de sí mismo y de su otro yo: “A Emilio Renzi le interesaba la lingüística pero se ganaba la vida haciendo bibliográficas en el diario El Mundo: haber pasado cinco años en la facultad especializándose en la fonología de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas de media página sobre el desolado panorama literario nacional era sin duda la causa de su melancolía, de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo acercaba a los personajes de Roberto Arlt.”
Renzi sería protagonista de cuentos y novelas. El texto antes citado es del relato cíclico, La Loca y el relato del crimen, con el que Piglia se haría acreedor a un concurso internacional de relatos policiales. El cuento, es en realidad una construcción enigma, de esas que disfrutaba tanto Borges, en donde la resolución de un crimen pasa más por el intelecto que por la acción.
Estrictamente hablando, Piglia ha escrito solamente una novela negra, Plata quemada. El resto son juegos que utilizan al género policiaco para sostener una historia, una suerte de motor para plasmar en papel muchas de las ideas del autor sobre la literatura. Como él mismo dice: “(La novela policial) …mantiene, a veces de modo fantásmico, Las tres relaciones básicas: detective, asesino y víctima. A veces descarta a uno de ellos, trabaja con dos de ellos solamente… Por eso yo lo llamo “ficción paranoica” al estado del género y a su origen también… es un tipo de relato que trabaja con la amenaza, con la persecución, con el exceso de interpretación, la tentación paranoide de encontrarle a todo una razón, una causa.”
En Plata quemada, Piglia le rinde homenaje al otro autor argentino al que admira, Rodolfo Walsh. Lo primero que hace en esa novela es dejar de jugar con la literatura, en cuanto a hacer meta referencias, toma un hecho real y lo va narrando, tomando algunas precauciones, como el no poner los nombres reales de los protagonistas y tomándose libertades ficcionales para evitar problemas.  Sin embargo, al reflejar la realidad, como a Walsh, la escritura le trajo consecuencias.
“Walsh me parece muy actual.” Afirma Piglia. “Walsh estaba contra del objeto libro. Había dejado atrás el objeto libro, la idea de que un escritor tenía que escribir libros… Consideraba que el mundo de los libros estaba todo el mundo de la pequeña burguesía intelectual y todo el camaludaje que el detestaba y que nosotros llamaríamos la figura del autor. Entonces empezó a publicar sus libros fragmentados, y terminó inventado formas nuevas de hacer periodismo, no por el contenido, sino por medios nuevos. Creo que por eso es muy actual.”
Por Plata quemada fue demandado en una primera instancia, por  Gustavo Nielsen finalista del Premio Planeta, el cual Piglia había ganado. La justica argentina le acabó quitando el premio. Luego, una de los protagonistas del evento narrado, acusó que se dañaba moralmente al mencionársele en la novela. El juicio no procedió. Claudia Dorda, hija de uno de los ladrones, también quiso su tajada de pastel. Pero Piglia una vez más salió bien librado.

Así, Emilio Renzi, Ricardo Piglia, se debate entre esas dos vertientes, Borges y Walsh. Una suerte de ser bicéfalo, que busca un lector que desconfíe, que sospeche, que busque pistas, un lector paranoide.
Texto aparecido en la Revista Pez Banana.

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