domingo, 28 de agosto de 2011

Inhalantes para el alma


Habitante de una de las colonias con más criminalidad, la Agrícola Oriental, el rock urbano y el metal eran moneda corriente en mi ideario musical. Por absurdo que parezca, fue a mi llegada en mi adolescencia a Tlaxcala –esa mini urbe- que supe de otras manifestaciones musicales de la mano de un compa muy activo en el arte correo y el intercambio musical con gente de todo el mundo. Mi amigo, que para fines prácticos se llama Mark Panzacola, hacía esténcil y se carteaba con gente de España, Estados Unidos, Sudamérica y claro, la mítica Tijuana.
Debido a esto escuchábamos mucha música electrónica y rock pop en español casi todo el tiempo. Su casa, alejada de la capital de estado, era como un refugio para los que buscábamos nuevos sonidos. Un día encontré entre sus discos apilados aquí y allá uno que había visto en muchas revistas. Su nombre era Nevermind y el grupo se hacía llamar Nirvana. Me burlé del título porque un nombre con connotaciones religiosas hinduistas y con aquella portada me parecía un desacierto. En aquellos tiempos coqueteaba con las culturas orientales y estuve a un paso del volverme al budismo.
Pero mi parte ominosa siempre fue más grande, así que le pedí ese disco y el anterior, el Bleach, para escucharlos en la santidad de mi guarida. El golpe fue tremendo. Recuerdo que sonaban fuertes, crudos, directos, con distorsiones metaleras, pero con lo rudimentario del punk. Eran verdaderos inhalantes para el alma. En especial el primero. De inmediato quería saberlo todo de ellos. En aquellos tiempos pre internet (P.I. deberían de datarnos las nuevas generaciones), la única forma de conocer más de tu grupo favorito era ver el MTV (aquel MTV) o leer revistas extrajeras. Las mexicanas, con todo y la Mosca, siempre iban muy por detrás. Agradecía que mi compa tenía varias de ellas, muchas editadas en Los Ángeles, Tijuana y Monterrey, pero muchas más españolas, como la Rock de Lux y Zona de Obras.
Entonces, luego de subir a una combi, supe que Cobain moría víctima del saturnismo, es decir: exceso de plomo en la cabeza. Ya me había pasado con el viejo Bukoswki justo unas semanas antes. Lo había leído y me enteraba que moría al poco tiempo. Todos mis héroes me habían abandonado. Tal vez por eso los noventas fueron para mí como un tour de forcé de depresión y drogas, que disfruté al máximo.
No me volví chico grunge, pero si amé intensamente todo lo que esa década nos dio: aquellos cómics de Phantagrafics y el Gallito comix; la música de Alice in chains o Morphine; los libros como Generacion X o Nación Prozac; las pelis como Transpotting y Kids, el MDMA y las smart drinks ácidas.
Nirvana y en especial las letras crípticas de Cobain, nos ofrecerían himnos generacionales para cantarlos en los pequeños departamentos a los que nos fuimos a vivir con el tiempo. Aún hoy veo los videos de aquella época y me pregunto ¿dónde quedó la actitud, la pasión, el desenfreno? Los noventas son los sesentas, pero al revés.
Texto hecho para www.lapirateca.com.mx en el aniversario del Nevermind.

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