miércoles, 4 de abril de 2012

Él

Luego sale. Su papá lo tiene recluido en su negocio porque muy seguido le dan ataques violentos; sufre de esquizofrenia y está medicado a tope. O cuando menos eso dicen los que lo conocen bien. Alguna vez —platicando en la calle con él— un tipo de chamarra de cuero y cabello largo comenzó a ofendernos, cosas del alcohol. Yo me fui y cuando regresé el tipo estaba en el suelo sangrando y nuestro personaje tenía su puño salpicado del líquido rojo. Luego anda suelto, con la ropa sucia y el cabello grasoso, como si llevara mucho tiempo sin bañarse. En esos momentos trato de darle la vuelta, así que lo observo desde lejos y me voy por otro lado. A veces está sentado en el mismo café al que a veces voy y nos ponemos a platicar de algún libro o un disco. Se ve radiante, limpio y hasta podría pasar por uno de esos intelectuales de pueblo que leen en las cafeterías. La otra vez me lo encontré en un patio donde venden cerveza. Estaba sentado con cuatro o cinco adolescentes. Como sea, me guarda cierto respeto, cosa que no le prodigaba al resto de sus acompañantes. Las “victorias” ya se habían ido y él dominaba la acción con su estatura enorme y su sobrepeso. “Yo soy de esa generación del Juan Conde”, me dijo a bocajarro cuando iba pasando. Siéntate Iván, me pidió de manera amable. Me contó una truculenta historia que comienza con un viaje a Chiapas donde conoció al Sub comandante Marcos. Dice que atravesó la selva y comió carne humana con él y un viejo amigo ya muerto. Que conoció ahí mismo al líder de una agrupación de bikers “muy enferma”. Un grupo de personajes que viven en cuevas cerca de Nueva York. Ahí. Es una comuna que espera el “Final”. Que por las noches bajan a la ciudad y “roban, matan, violan, destruyen” para regresar ya de mañana a prender una enorme fogata y bailar. Según él, el líder de estos motoristas le dio un boleto para acompañarlo el día que quisiera fuera a “robar, matar, violar y destruir”. Me dijo, con humildad, que me cedía ese derecho a mí. Que si yo quería el boleto, ya era mío y podía ir a visitarlos cuando quisiera. Brindé por la distinción y me fui.

No hay comentarios:

Publicar un comentario