martes, 10 de abril de 2012

Uno de los diez más buscados


Cuando atravesé el pasillo una de las empleadas del penal me indicó que me estaban esperando en el salón. Dentro, una veintena de mujeres vestidas de azul sentadas en pupitres, veían como su maestra de lectura recogía sus cosas y luego, muy enojada, borraba el pizarrón. La encargada le había pedido que se retirara antes, porque yo había llegado media hora antes. Hizo evidente su molestia y se fue, poco después de que me presentara. El sol de la tarde se metía por los ventanales enrejados y hacía que los rostros de las internas se hicieran más tristes. En Tepepan, la mayoría de las internas tiene más 40 años y son abandonadas por sus familiares. A diferencia de los hombres, que las madres, hermanas y amantes van a visitarlos para llevarles dinero, comida y regalos, las mujeres son abandonadas a su suerte.
Desde que comencé a escribir me he acercado a diferente instituciones como escuelas, mercados, cárceles y demás para a leerle a la gente. Mi razonamiento es que, si conocen a un escritor y este les explica que la lectura es gozo y no imposición, se acercarán a los libros con menos suspicacia. Así he ido a diferentes reclusorios del DF, dentro de un programa implementado por el INBA que se llama “Visitando a los lectores”. Lo cual me ha permitido entrar con apoyo institucional y facilidades; porque los reclusorios son un mundo muy difícil, cerrado, literal y metafóricamente hablando. A pesar del pomposo nombre, centro de readaptación social, lo que es cierto es que son lugares donde se recluye a los molestos, ya sea criminales o no, para que no estorben.
La diferencia entre Tepepan y digamos, el Reclusorio Femenil Oriente, es abismal. Las internas del oriente reciben más visitas y por lo tanto pueden pagar por lujos, porque sus familiares les llevan dinero, cigarros, dulces y demás. Pueden pagar por colchones nuevos o por tener joyas. Dentro se paga por todo, por eso los reclusos ven a un externo como una manera de allegarse algo. Los hombres por lo regular te piden cigarros, una moneda, llamar a algún familiar, o en casos extremos, droga.
En alguna ocasión llevaba los ojos muy irritados, debido a una conjuntivitis producida por mi alergia a los gatos. Mientras un grupo de teatro experimental brindaba su función, uno de los internos se me acercó para decirme algunas tonterías. Luego, cuando tuvimos confianza, me dijo que le regalará un poco de mariguana. Le dije que no utilizaba y que menos la llevaba. No me creyó y siguió viéndome a los ojos. “A ustedes les dejan pasar cosas. Nada más quiero una ‘bachita’, por favor.” El encargado de los programas sociales se dio cuenta y se llevó al insistente sujeto.
Las mujeres utilizan otras formas. Se acercan a ti y te coquetean. Te ofrecen llamarte e incluirte en la lista de visita conyugal si les das tu teléfono y una tarjeta o dinero para llamarte. Muchos caen y ven perdida su tarjeta y su dinero. No es tampoco extraño que muchos maestros que dan clases al interior al poco tiempo renuncian para regresar como parejas de las reclusas. Debido a este abandono del que habla antes, muchas mujeres prefieren tener un amante que les traiga cosas a vivir en la pobreza y la soledad.
La primera vez que visité un penal fue en Tlaxcala, hace unos diez años. La revisión esa vez me pareció excesiva; ni botas con casquillo, ni pantalón caqui o camisas negras. La razón es simple: los presos visten de marrón y los custodios de negro. Quieren evitar en lo posible, que te puedan utilizar para escapar. Ni celulares, ni relojes, ni monedas, nada que pueda servir como arma punzo cortante. Solo libros y hojas. El encargado de trabajo social me dio la bienvenida y de inmediato me catalogo como pedagogo. “Pase por aquí pedagogo”, decía mientras abría rejas y me explicaba qué podía y qué no podía hacer. Reglas que se repetirían en el resto de los penales: no darles mi número telefónico, ni mi correo electrónico, no hacer evidente su reclusión, no verlos con misericordia, ni como animales en zoológico.
Atravesamos las celdas preventivas (los separos), luego el patio principal, donde algunos internos, cómo en las películas, hacen ejercicio. Finalmente me metieron a un salón con cuarenta reos, con la cara curtida por el tiempo y cerraron por fuera. El funcionario y el custodio me advirtieron, antes de poner el candado, “venimos en una hora, pedagogo”. Hablé y hablé como nunca. No paré de hablar de los nervios. Todo se desarrolló con tranquilidad. Saben las implicaciones que tendría si algo le llegara a pasar a un visitante.
En los penales, tener un cuerpo musculoso es una obsesión. Dentro, es un distintivo de poder. Más entre los internos jóvenes; a determinada edad el tener un “cuerpo completo”, lleno de tatuajes, deja de ser importante. Los viejos se olvidan de eso. Es por eso que las comunidades juveniles, el nombre oficial con los que son llamados los tutelares para menores, están plagado de adolescentes machos alfas, que saldrán para volver a ser recluidos en poco tiempo.
La gente puede estudiar dentro. En el Distrito Federal la Universidad de la Ciudad de México ofrece varias carreras en el formato a distancia, con asesorías cada semana. La UNAM con su sistema abierto ofrece estudios a todos. Los CECATIS ofrecen igual cursos de capacitación para el trabajo y todos, al finalizar los estudios brindan un certificado sin ninguna diferencia a los que tendrían si lo hubieran hecho en libertad.
Pero la vida dentro del penal es muy dura. Muchos prefieren hacerse de un grupo, tonificar su cuerpo y seguir en el crimen para evitar el acoso, la corrupción y la violencia, que son cosa de todos los días. Uno se acostumbra a los rostros de esperanza que se convierte en dolor cuando su proceso se empantana o es adversa una resolución. Uno sabe cuándo están a punto de salir en libertad condicional o cuando están sentenciados por 40 o 50 años. Las actitudes cambian, los ojos están vivos o muertos, según sea el caso.
Una de las lecturas más memorables que he tenido fue en el reclusorio sur. En la pequeña biblioteca del lugar, se reunieron varios internos. Casi todos indígenas, ancianos o discapacitados. Les leí un par de cuentos y vinieron las preguntas. Fueron casi dos horas de estar ahí discutiendo sobre el ron jarocho y lo difícil que era conseguir libros dentro del penal. Al final, luego de que les regalaran unas revistas, se me acercó un reo con los ojos encendidos, el cabello cano y las venas saltadas de sus temblorosas manos. “Yo también salgo en los periódicos –dijo-; en el 2006 fui uno de los diez más buscados de aquí, del DF.” Bien, respondí.
Hay comunidades vulnerables, como son llamadas en la jerga de los Ceresos: los indígenas, los discapacitados y los homosexuales. La gente que trabaja dentro se ha tenido que hacer inmune a muchas de las desgracias humanas. “Todos dicen que son inocentes, me dijo uno de mis guías. Pero no, son cabrones.” Los homosexuales y transexuales, en su mayoría hombres, que atreven a mostrar su condición, llevan la peor parte. Constituyen el diez por ciento de la población y son muchas veces vejados. Por lo que son separados en dormitorios especiales. Sin embargo, el comercio sexual al interior involucra a homosexuales declarados y musculosos y tatuados internos.
A la oficina donde trabajaba, una vez, llegó un hombre que me saludó llamándome pedagogo. Levanté la vista y reconocí ese rostro cincuentón y de sonrisa fácil. Se trataba de uno de los primeros reclusos que había conocido. Era poeta y no paraba de hablar nunca. Muy ufano me dijo que había salido bajo palabra y que no solo eso, sino que había ganado el segundo lugar en el premio de poesía “Salvador Díaz Mirón”, que es exclusivo para internos. Le di un abrazo mientras intentaba acostumbrarme a verlo fuera y sin el uniforme. Poco después presentamos su libro en el instituto donde laboraba. Ese día no se aguantó las lágrimas cuando comenzó a leer. La gente le ofreció un aplauso y él lloraba con emoción. La literatura hace eso y más, ablanda hasta al más cabrón.do. Era poeta y no paraba de hablar nunca. Muy ufano me dijo que había salido bajo palabra y que no solo eso, sino que había ganado el segundo lugar en el premio de poesía “Salvador Díaz Mirón”, que es exclusivo para internos. Le di un abrazo mientras intentaba acostumbrarme a verlo fuera y sin el uniforme. Poco después presentamos su libro en el instituto donde laboraba. Ese día no se aguantó las lágrimas cuando comenzó a leer. La gente le ofreció un aplauso y él lloraba con emoción. La literatura hace eso y más, ablanda hasta al más cabrón.

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