jueves, 13 de noviembre de 2014

La casa verde

La casa se veía a lo lejos. En un barrio como aquel, caído en desgracia, una casa de dos pisos rodeada de jardín, con un ático enorme y pintada de un verde descascarado llamaba mucho la atención. La gente la veía a lo lejos y se imaginaba cosas. Algún tiempo perteneció a una familia rica y de abolengo que se remontaba a más de cinco generaciones. Nadie de los vecinos los conoció nunca. Se contaban historias de ella. Que si estaba intestada y los herederos se peleaban desde hace décadas; que si los dueños se habían vuelto locos y ahora sólo salían por la noche; que se oían risas en la noche y se celebraban misas satánicas.
            Uno de los rumores más comunes es que ahí vieron unos europeos (la gente cambiaba la nacionalidad de ingleses a franceses, de españoles a italianos) que vivían una vida de lujos. Que dentro escondían joyas, collares enormes de oro y objetos tallados que representaban una enorme fortuna para cualquiera que quisiera entrar por ellos. Que un día, la pareja con sus rubios hijos, habían tomado un avión privado y este, atravesando el océano, sufrió una avería yéndose a perder al mar matando a toda la familia y dejando sin dueño la fortuna de la casa verde.
            Esa fue la historia que escucho Darío y la misma que lo llevó a decidirse esa noche a meterse en la casa para poder encontrar el tesoro. ¿Y porque nadie se ha metido a buscar las joyas si ya llevaba mucho tiempo cerrada? Porque está embrujada, le contestó la voz del rumor que tiene respuesta para todo.
            Decidió utilizar una lámpara de minero, una mochila y llevar una pistola pequeña que utilizaba para sus atracos diarios. Saltó la verja de hierro fundido y cayó dentro de un jardín de por fuera se veía descuidado pero por dentro era como si un dedicado trabajador lo hubiera dejado listo para una fiesta. Darío se encontró con que la vieja fuente en medio del jardín coronada por un ángel rechoncho funcionaba a media noche y que una lámpara iluminaba desde abajo la figura de piedra.

            Entonces llegó a la puerta principal y cuando intentó forzarla se abrió. Pasa, le dijo un hombre sonriente. Dentro se celebraba una fiesta. Darío dejó en el piso su lámpara, su mochila y la pistola. Tomó el vaso que le ofrecían y saludó a todos los asistentes a la fiesta sintiendo de inmediato la bienvenida.

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