viernes, 21 de noviembre de 2014

Un chango de Malasia


—Señor presidente, le dijo el hombre con la voz trémula y el nerviosismo desbordado el teléfono.
—¿Atraparon al Chapo? –preguntó el presidente poniéndose las gafas y sentándose en la cama quitándose la modorra de la media noche. Su esposa soltaba baba sobre la almohada y murmuraba algo.
—No señor. Tenemos un problema.
—Ay no, por favor no. Ahora qué, ¿una inundación?, ¿un terremoto?, ¿explotó otra plataforma petrolera? Nos declaró la guerra Argentina, ¿verdad? Dígale que era broma, que nunca dije que su presidenta estaba loca.
—No señor. Si es algo con otro país pero no con Argentina. Si no actuamos rápido podemos tener problemas con España.
—¡Mi madre! Exclamó el presidente y sintió un vahído que lo tumbó de nuevo a la cama.
—Señor, señor, se oía que decía su asesor de gabinete desde el teléfono.
La primera dama se despertó, tomó el auricular y oyó los gritos desesperados.
—Mi amor te hablan, dijo poniendo el aparato en la cabeza de su marido.
El presidente cambió de semblante. Vio su piyama verde olivo que había pedido se la hicieran en los talleres del ejército, vio su fotografía en la que llevaba puesta su gorra de cinco estrellas en la que disfrutaba del desfile militar del 16 de septiembre y sintió como la energía volvía a él. Ya no era más el niño de grandes lentes que molestaban sus compañeros en los colegios maristas a los que iba, era el Comandante Supremo y tenía al ejército junto a él para resolver cualquier situación.
—Peláez –afirmó con la voz engolada— diga, ¿cuál es la situación?
—Sí señor, me gusta cuando se escucha así de seguro. Pues la situación es un tanto delicada. La Archiduquesa de Comonfort decidió vacacionar en su isla del Caribe, pero al intentar tomar un coco de una palmera sufrió la mordida de un animal infectandose de una oscura enfermedad, que nos reporta el Director general del hospital siglo XXI, solo lo había visto antes en un caso muy aislado producido por un chango en Malasia.
—Con todo respeto Peláez para usted y para la realeza pero… ¿qué chingaos me importa que la Archiduquesa esté enferma? ¿Cómo puede eso afectarnos a nosotros? No cree que eso debería más bien reportarlo a la Hola. Ayer fue un día de muchas inauguraciones y estoy cansado. Tuve que cantar el himno nacional 17 veces.
—Señor, la archiduquesa enfermó muy rápidamente y no iba a poder soportar el viaje de doce horas hasta su mansión en Canarias, así que tomaron la decisión de traerla para acá, a la Ciudad de México.
—¿Es muy grave su situación?—, preguntó tratando de guardar la compostura y poniéndose firmes sin dejar de ver su fotografía con su gorra de cinco estrellas en el desfile. Haciendo esos ademanes marciales se llenaba de energía y aplomo.
—Pues la verdad es que la Archiduquesa no se ve mal, al contrario se ve llena de vida pero casi no habla, ruge, suelta mordidas y no entiende razones.
—Así es la realeza.
—Señor…
—Bueno, no todos. Me visto y voy para allá. ¿En dónde está?
—En el Hospital general.
—Cierren todo el piso, digan que están remodelando. En un rato más estoy allá. Háblele al General González y González.
—Ya señor, ya está hecho. No hemos avisado a la familia real. Esperaba que usted en persona lo hiciera. Podemos esperar. El rey está cazando elefantes en África.
—Y dicen que la realeza es un retroceso. Yo también podría estar cazando rinocerontes en la India y no, tengo que pasar mis vacaciones al pendiente del teléfono solo pidiéndole a Dios que no suceda algún desastre.
—Señor…
—¿Si, Peláez?
—Esto es urgente.

Descendió en el helicóptero y los guardias presidenciales le hicieron una valla. En la puerta de las escaleras de descenso lo esperaba un comité que incluía al siempre solicito y calvo Peláez, el enorme general González y González con su rostro adusto y su piel morena oaxaqueña, el doctor Menéndez, director del hospital, un nervioso secretario de Salubridad que era contador de profesión pero que se sentía obligado a resolver esa crisis llamado siempre el contador Eloarza y Nidia Restrepo, jefa de Protocolo y relaciones públicas con la cara restirada por las cirugías y un peinado de salón imposible para esa hora del día. El aire de la torreta del helicóptero le levantaba el vestido por lo que apretaba mucho los ojos e intentaba mantener la falda en su lugar sin soltar los papeles que llevaba en la mano.
El mandatario saludo a todos lo más cortésmente que pudo y de inmediato el General le informó de la situación del edificio.
—Mandamos detener a varios comuneros del norte Puebla— dijo abriendo apenas la boca y con esa mirada simiesca que lo caracterizaba—. Todos fueron detenidos sin orden de aprensión por muchachos de la zona militar número 14.
—Pasando la crisis los soltaremos sanos y salvos, dijo Peláez completando el informe del militar. —La intención es crear un distractor que lleve lejos de este edificio a los usuales alborotadores. No dejamos entrar a nadie a este piso, los teléfonos están intervenidos y hay órdenes precisas de alejar a la prensa a cualquier costo.
—Tenemos un verdadero problema diplomático, dijo Ninda que después de tantas cirugías se parecía a Lucía Méndez pero en zombi. —La archiduquesa es la más alta figura dentro de la realeza europea.  Con decirle que si se encontraran en un pasillo muy estrecho en el Palacio de Buckingham ella y la Reina madre, óigame usted, el mismísimo Palacio de Buckingham, la que se tendría que hacer a un lado para que pasara sería la Reina Victoria. Es catorce veces grande en España, doce en Italia, trece en Gales y York, once en Luxemburgo. Y tuvo algunos deslices con el emperador Hiroito. Por todo eso no se puede morir aquí.
—De eso quería hablarle –le dijo el médico con cara compungida. El grupo caminaba velozmente por un largo pasillo resguardado con gente del CISEN y militares. El secretario de salud tenía pegados los brazos al cuerpo como una mantis religiosa. Todo el personal del hospital tenía cara de desazón. Por fin llegaron a una sala con puertas dobles con dos militares que cargaban unas M16 más grandes que ellos. –Antes de que vea a la Archiduquesa debe saber cuál es su estado de salud.
El facultativo hizo una pausa dramática mientras pensaba en las palabras que utilizaría.
—Ya dígale doctor, explíquele como lo hizo conmigo –dijo Peláez tratando de sacudirse el nerviosismo.
—Bueno, al principio pensamos que era una rara enfermedad de la cual se ha tenido conocimiento en Malasia y que proviene de la mordedura de un chango. Hace algunos años se reportó que un homínido mordió a una señora de Nueva Zelanda y la infección se propagó rápidamente teniendo que sacrificar a la totalidad de los infectados.
—¿No hay cura? –dijo el Presidente tomando un bonito tono blanco leche.
—Al parecer no. Se pueden administrar calmantes y así reducir los síntomas violentos pero hasta la fecha no sabemos que es.
—¿Cuáles son los síntomas?
—Una especie de rigor mortis que dificulta la motricidad, paulatina descomposición de la carne, ataques violentos de furia, deseo antropófago y nulo raciocinio. Además, no se encuentran signos vitales. Es decir, y tómelo con mucha calma, la archiduquesa lleva muerta desde hace mucho.
—¡Chingada madre! —Soltó el presidente tomándose la poca cabellera que le queda en la cabeza y soltando un bufido de desesperación. –¿Cómo que muerta, doctor?
—Se lo digo como facultativo. La paciente muestra todos los síntomas de la muerte. No hay pulso, no hay respiración, no hay respuesta al dolor. En uno de sus ataques violentos se levantó y al intentar atacar a uno de mis ayudantes se clavó un escalpelo en el brazo sin siquiera sentirlo. Salió un chorro de sangre coagulada. La sangre dejó de fluir al poco rato. Lo que sí es que cada vez los ataques son más agresivos. La mujer tiene hambre pero no ha querido comer nada de lo que le ponemos. Además, ha sido imposible conectarle el suero. No encontramos ninguna vena.
—¿Y ahora que le voy a decir al rey?
—La casa real va estar muy enojada si su miembro más destacado muere en nuestro país sin saber la razón. –Dijo la jefa de protocolo. El tono de lo expresado parecía de preocupación pero la sonrisa lo desmentía.
—Ya lo sé, ya lo sé. Primero inundaciones, tornados, huracanes, ejecuciones y ahora esto. Me hubiera quedado de senador a dormir y cobrar sin problema.
—Tiene que verla, dijo Peláez recuperando la cordura.
El doctor empujo una de las dos hojas de la puerta y ahí amarrada  a una silla de ruedas estaba la más grande entre las grandes, con el maquillaje corrido, el cabello rubio canoso alborotado, las medias rotas y el bellísimo vestido de percal verde, diseño exclusivo de Adolfo Dominguez, hecho una ruina. Junto a ella, un hombre grueso, alto y de unos sesenta años lloraba tirado en un sillón. Tres enfermeras veían a los lejos a la Archiduquesa y preparaban sendas jeringas con tranquilizantes suficientes como para dormir a todos en la sala.
—Archiduquesa, a nombre del pueblo de México, le damos la más grande bienvenida, soltó el presidente separando las manos como si esperara un abrazo.
La mujer respondió con un sonoro gruñido que le recordó a aquellas entrevistas que ofrecía en los programas del corazón emitidos por la Uno y que el presidente veía obligado por su esposa quien era una gran entusiasta de salir en el Hola y ser reseñada en las revistas del cotilleo. El regalo de cumpleaños para su mujer fue la compra de la portada de Hola mientras hacían la visita a la catedral de San Pedro y besaban la mano del Papa. Habían salido ya en varias ocasiones en la Hola versión México pero su esposa quería salir en la primera plana de la original. Cuando por fin lo lograron ella mando comprar cientos para repartirlas en todas las oficinas de gobierno, embajadas y entre sus amigas-enemigas más acérrimas.
—Esperemos que haya sido tratada muy bien, completó el presidente.
—No la escucha, acotó el hombre que lloraba en el sillón.
La jefa de protocolo hizo los honores.
—Déjenme hacer los honores. El Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, el señor Ricardo Palencia Mestes, ahora Duque de Alcazar y esposo legal de la Archiduquesa. El hombre se levantó de su sillón y estrechó la mano del mandatario y luego le dio un abrazo que acompañó de más llanto.
—Se nos murió, se nos murió, —decía en su marcado acento ibérico.
—¿La amaba mucho?— preguntó. Por toda respuesta recibió un sollozo ahogado.
La jefa de protocolo miró al presidente y luego pidió con la mirada a Peláez lo separa del doliente. El secretario de salud hacía cara de asco nada más de estar en presencia de la Archiduquesa.
—En realidad la boda de ellos sucedió hace muy poco, informó la jefa de protocolo con su impertérrita sonrisa en uno de los rincones de la sala. —Los hijos se oponían a la unión pero luego de un acuerdo prenupcial y la repartición de títulos nobiliarios la negociación, digo, el matrimonio fue terso. Sin embargo el Duque de Alcazar no puede alegar ningún derecho sobre propiedades… Su esposa todavía no le ha dejado nada en firme.
El deudo se soltó del abrazo de Peláez y comenzó un monólogo muy estudiado
—Le dije, mi amor, vamos mejor a las Canarias no hay que ir a las Américas, allá están muy atrasados, pero quería visitar su isla. Le expliqué, allá no hay butifarras, ni chorizos más que cocos y bananas pero se sentía joven de nuevo a sus 104 años de edad. Bajó del avión y cuando quiso tocar al chango el animal bajó y la mordió. Luego, luego se puso así como loca. Y de repente se quedó quieta, quieta, quieta. Cuando despertó estaba en el hospital y apenas abrió los ojos se lanzó contra el pobre médico, un negro dominicano que hizo lo que pudo pero no aguanto la tarascada que le puso en la garganta. El podre doctor se arrastró como pudo lejos de ella mientras nosotros se la quitábamos de encima. Desgraciadamente la tuvimos que amarrar. Lo más difícil fue vestirla. Una Archiduquesa no puede llegar con vestidos floreados a un aeropuerto de una colonia tan hermosa como lo es México. Entre tres enfermeras le pusimos su vestido que más le gustaba y nos embarcamos para acá. Ustedes saben el resto. Mi pobre bomboncito sigue ahí, gruñendo y ni la virgen de la Macarena le ha podido hacer el milagro.
—Fue una buena decisión pero dudo mucho que su padecimiento tenga solución. —Dijo el doctor Menéndez.
—Si ella muere acá perderemos una buena parte del turismo europeo que viene en navidad. —Dijo Peláez sacando su I-pad como dando datos —Con la influenza quedamos muy mal parados. La gente cree que tenemos un sistema hospitalario de una república bananera.
—Joder, eso es cierto, —agregó el deudo —Lo primero que nos ofrecieron fue paracetamol.
—No fue recibida como la personalidad que es. Merecía cuando menos un mariachi en el hangar presidencial. —Dijo Nidia indignadísima.
—La seguridad nacional está en riesgo, —escupió González y González.
­—Debemos de pensar, debemos de pensar. —El presidente decía esa frase como si de un mantra se tratara.
En ese momento, con un gorrito azul en la cabeza como el de Jackelin Kennedy, un vestido muy sencillo del mismo tono, guantes blancos y una pequeña bolsa Gucci entró la primera echa un huracán.
—¡José de Jesús!, me tienes que explicar porque no fui avisada del arribo de la Archiduquesa. Soltó apenas empujó las puertas de la sala. El equipo de seguridad se hacía bolas en la entrada meditando entre pasar o no.
—Mi amor, no estás autorizada para entrar acá.
—Señora, por favor. —Pedía Peláez.
—La seguridad nacional, señora. —Rumió González y González.
Pero la primera dama tomó vuelo y estrelló la bolsita en la cara del presidente.
—Nada más eso me faltaba, que me hicieras un lado también con la realeza.
—Nos dan cinco minutos, pidió el mandatario sobándose la mejilla y aguantando el enojo.
Los funcionarios salieron de ahí contrariados. El marido-viudo de la archiduquesa se fue al sillón sin hacer ruido.
—Tú no entiendes mi amor. La señora está enferma y debemos resolver esto.
—Lo que sé es que hasta de esas cosas me quieres excluir. Como yo no soy militar. —Y al momento de darle la espalda a su marido vio en la silla de ruedas a la mujer. —Archiduquesa, que vergüenza. Yo acá haciendo un sainete y usted presenciado todo. —La mujer soltó un gruñido y mostros una hilera de dientes putrefactos. —No le entendí. Pero, sea bienvenida a México. Me dice Chucho que está enfermita. Seguro se vino a Cancún a retomar energías, ¿verdad?
La primera dama se acercó a la silla de ruedas y la mujer comenzó a soltar gruñidos cada vez más fuertes. Se hincó frente a ella y al tratar de darle la mano se dio cuenta que estaba amarrada.
—José de Jesús me podrías explicar qué forma es esta de tratar a las visitas.
—La señora está enferma. Es por su protección.
—No hables de ella como si n estuviera. Es una falta de respeto.
—Ella no nos oye. Está enferma.
—Enferma  o no. No la puedes tener amarrada.
—Mi amor, si la desatas no me hago responsable.
—Es una falta a tus deberes cristianos y de respeto a los invitados tener a una anciana amarrada de esa forma.
—Señora, no se lo recomiendo, dijo el deudo desde el sillón sentado en el filo y viendo con curiosidad la escena.
—No lo hagas, te lo ordena el presidente—insistió el mandatario dándose la vuelta y haciendo cara de dignidad. Su esposa ya había desatado las piernas y ahora solo quedaban las manos. La Archiduquesa comenzó a gruñir más fuerte. Su esposo-viudo se paró del sillón.
Entonces, apenas estuvo libre se lanzó contra la primera dama que apenas la vio venir. La primera dentellada le cayó en el cuello arrebatándole una buena parte de carne.
—¡Archiduquesa!, alcanzó a gritar tomándose lo mejor que pudo su sombrerito Kennedy para que no cayera al suelo.
Cuando entró la guardia ya era demasiado tarde. La primera dama ya había perdido el cuello, el cachete, gran parte del pecho pero su coqueto sombrerito seguía en su lugar. La Archiduquesa se veía tranquila degustando un buen pedazo de carne. Se calmó a tal grado que de buena gana subió a su silla de ruedas, se dejó poner las amarras y hasta la enfermera le limpió la boca llena de sangre sin emitir ningún gruñido.
El presidente se quedó en silencio. Peláez entonces rompió el momento diciendo: Ya sé. Nidia llama a la televisión.

En la pantalla se vio descender a la Archiduquesa en su silla de ruedas capitaneada por su esposo. El hombre saludaba frenético a la concurrencia. Se veía feliz, lleno de vida. La conductora del programa de cotilleo decía con voz en off mientras de fondo seguían las imágenes del aeropuerto: Que detalle el de la Archiduquesa, mira que asistir al funeral de su gran amiga luego de ese desafortunado accidente.
—Así es, suspender su luna de miel para demostrarle su amistad y cariño es un símbolo de su nobleza, de su buena cuna. —completó su acompañante con tono bobo.
—Lina, ¿estás ahí? Dinos algo tú que estás cerca de la Archiduquesa. Le podrías pedir un par de impresiones.
En la pantalla se vio a una guapa reportera en un traje sastre hecho a la medida. La mujer se encontraba a pocos pasos de la silla de Ruedas. Las banderas de España y México ondeaban por todos lados, lo mismo en las manos de los niños que hacían una pequeña valla, que en la puerta de acceso o en las guardias de militares. Un fino confeti rojo y dorado se mezclaba con el tricolor que caía del otro lado del cielo.
—Si Pati. Nos acercaremos para escuchar sus palabras.
La silla de ruedas de la homenajeada se acercó a dónde estaba la reportera y esta al paso alargó el micrófono saltándose a un par de militares. El marido vio a la periodista y no tuvo más opción que detenerse.
—Señora, ¿suspende su luna de miel por el deceso de una amiga? —La reportera le acercó lo más que pudo el micrófono. Un sonoro gruñido se escucho al aire acompañado de algunas dentelladas y algo que sonaba a “carne”.
—Sencillamente increíble. —respondió la reportera. —Pero, para usted que significa estar por primera vez en nuestro país. —El micrófono volvió a estar cerca de la Archiduquesa a lo que respondió con un par de dentelladas y otra tanda de gruñidos sólo que más enfurecidos.
—Maravilloso. Su amor por México se hace patente.
—Discúlpela, viene cansada del viaje, —cortó el esposo quien empujó la silla de ruedas lo más rápido que pudo.
—Breve pero concisa, la Archiduquesa nos ha dejado un par de perlas de su nobleza y bonhomía. —Remató la conductora con la voz exaltada.

El presidente llegó a su dormitorio, abrió una botella de Whisky regalo del embajador de Escocia,  y le dio varios tragos. Se quitó el saco, luego los zapatos y cuando se disponía a quitarse el pantalón oyó que alguien tocaba a la puerta.
—¿Quién? —gritó con resignación y enojo.
—Soy yo, Peláez, tenemos una situación—respondieron.
—¿Y ahora que chingaos? —Se puso sus pantuflas de dinosaurio y caminó rumbo a la puerta. —La Archiduquesa ya está en un vuelo de Iberia y mi esposa está enterrada. Que sucede ahora. ¿Otra guerrilla?
—Es su esposa. —soltó apenas abrieron la puerta.
—Mi esposa ya está bien enterrado, si venimos de su funeral.

Peláez por toda respuesta señaló al par de militares que custodiaban la silla de ruedas en la que el cadáver de la primera dama soltaba gruñidos y murmuraba algo parecido a “carne”.Un chango de Malasia

Iván Farías
—Señor presidente, le dijo el hombre con la voz trémula y el nerviosismo desbordado el teléfono.
—¿Atraparon al Chapo? –preguntó el presidente poniéndose las gafas y sentándose en la cama quitándose la modorra de la media noche. Su esposa soltaba baba sobre la almohada y murmuraba algo.
—No señor. Tenemos un problema.
—Ay no, por favor no. Ahora qué, ¿una inundación?, ¿un terremoto?, ¿explotó otra plataforma petrolera? Nos declaró la guerra Argentina, ¿verdad? Dígale que era broma, que nunca dije que su presidenta estaba loca.
—No señor. Si es algo con otro país pero no con Argentina. Si no actuamos rápido podemos tener problemas con España.
—¡Mi madre! Exclamó el presidente y sintió un vahído que lo tumbó de nuevo a la cama.
—Señor, señor, se oía que decía su asesor de gabinete desde el teléfono.
La primera dama se despertó, tomó el auricular y oyó los gritos desesperados.
—Mi amor te hablan, dijo poniendo el aparato en la cabeza de su marido.
El presidente cambió de semblante. Vio su piyama verde olivo que había pedido se la hicieran en los talleres del ejército, vio su fotografía en la que llevaba puesta su gorra de cinco estrellas en la que disfrutaba del desfile militar del 16 de septiembre y sintió como la energía volvía a él. Ya no era más el niño de grandes lentes que molestaban sus compañeros en los colegios maristas a los que iba, era el Comandante Supremo y tenía al ejército junto a él para resolver cualquier situación.
—Peláez –afirmó con la voz engolada— diga, ¿cuál es la situación?
—Sí señor, me gusta cuando se escucha así de seguro. Pues la situación es un tanto delicada. La Archiduquesa de Comonfort decidió vacacionar en su isla del Caribe, pero al intentar tomar un coco de una palmera sufrió la mordida de un animal infectandose de una oscura enfermedad, que nos reporta el Director general del hospital siglo XXI, solo lo había visto antes en un caso muy aislado producido por un chango en Malasia.
—Con todo respeto Peláez para usted y para la realeza pero… ¿qué chingaos me importa que la Archiduquesa esté enferma? ¿Cómo puede eso afectarnos a nosotros? No cree que eso debería más bien reportarlo a la Hola. Ayer fue un día de muchas inauguraciones y estoy cansado. Tuve que cantar el himno nacional 17 veces.
—Señor, la archiduquesa enfermó muy rápidamente y no iba a poder soportar el viaje de doce horas hasta su mansión en Canarias, así que tomaron la decisión de traerla para acá, a la Ciudad de México.
—¿Es muy grave su situación?—, preguntó tratando de guardar la compostura y poniéndose firmes sin dejar de ver su fotografía con su gorra de cinco estrellas en el desfile. Haciendo esos ademanes marciales se llenaba de energía y aplomo.
—Pues la verdad es que la Archiduquesa no se ve mal, al contrario se ve llena de vida pero casi no habla, ruge, suelta mordidas y no entiende razones.
—Así es la realeza.
—Señor…
—Bueno, no todos. Me visto y voy para allá. ¿En dónde está?
—En el Hospital general.
—Cierren todo el piso, digan que están remodelando. En un rato más estoy allá. Háblele al General González y González.
—Ya señor, ya está hecho. No hemos avisado a la familia real. Esperaba que usted en persona lo hiciera. Podemos esperar. El rey está cazando elefantes en África.
—Y dicen que la realeza es un retroceso. Yo también podría estar cazando rinocerontes en la India y no, tengo que pasar mis vacaciones al pendiente del teléfono solo pidiéndole a Dios que no suceda algún desastre.
—Señor…
—¿Si, Peláez?
—Esto es urgente.

Descendió en el helicóptero y los guardias presidenciales le hicieron una valla. En la puerta de las escaleras de descenso lo esperaba un comité que incluía al siempre solicito y calvo Peláez, el enorme general González y González con su rostro adusto y su piel morena oaxaqueña, el doctor Menéndez, director del hospital, un nervioso secretario de Salubridad que era contador de profesión pero que se sentía obligado a resolver esa crisis llamado siempre el contador Eloarza y Nidia Restrepo, jefa de Protocolo y relaciones públicas con la cara restirada por las cirugías y un peinado de salón imposible para esa hora del día. El aire de la torreta del helicóptero le levantaba el vestido por lo que apretaba mucho los ojos e intentaba mantener la falda en su lugar sin soltar los papeles que llevaba en la mano.
El mandatario saludo a todos lo más cortésmente que pudo y de inmediato el General le informó de la situación del edificio.
—Mandamos detener a varios comuneros del norte Puebla— dijo abriendo apenas la boca y con esa mirada simiesca que lo caracterizaba—. Todos fueron detenidos sin orden de aprensión por muchachos de la zona militar número 14.
—Pasando la crisis los soltaremos sanos y salvos, dijo Peláez completando el informe del militar. —La intención es crear un distractor que lleve lejos de este edificio a los usuales alborotadores. No dejamos entrar a nadie a este piso, los teléfonos están intervenidos y hay órdenes precisas de alejar a la prensa a cualquier costo.
—Tenemos un verdadero problema diplomático, dijo Ninda que después de tantas cirugías se parecía a Lucía Méndez pero en zombi. —La archiduquesa es la más alta figura dentro de la realeza europea.  Con decirle que si se encontraran en un pasillo muy estrecho en el Palacio de Buckingham ella y la Reina madre, óigame usted, el mismísimo Palacio de Buckingham, la que se tendría que hacer a un lado para que pasara sería la Reina Victoria. Es catorce veces grande en España, doce en Italia, trece en Gales y York, once en Luxemburgo. Y tuvo algunos deslices con el emperador Hiroito. Por todo eso no se puede morir aquí.
—De eso quería hablarle –le dijo el médico con cara compungida. El grupo caminaba velozmente por un largo pasillo resguardado con gente del CISEN y militares. El secretario de salud tenía pegados los brazos al cuerpo como una mantis religiosa. Todo el personal del hospital tenía cara de desazón. Por fin llegaron a una sala con puertas dobles con dos militares que cargaban unas M16 más grandes que ellos. –Antes de que vea a la Archiduquesa debe saber cuál es su estado de salud.
El facultativo hizo una pausa dramática mientras pensaba en las palabras que utilizaría.
—Ya dígale doctor, explíquele como lo hizo conmigo –dijo Peláez tratando de sacudirse el nerviosismo.
—Bueno, al principio pensamos que era una rara enfermedad de la cual se ha tenido conocimiento en Malasia y que proviene de la mordedura de un chango. Hace algunos años se reportó que un homínido mordió a una señora de Nueva Zelanda y la infección se propagó rápidamente teniendo que sacrificar a la totalidad de los infectados.
—¿No hay cura? –dijo el Presidente tomando un bonito tono blanco leche.
—Al parecer no. Se pueden administrar calmantes y así reducir los síntomas violentos pero hasta la fecha no sabemos que es.
—¿Cuáles son los síntomas?
—Una especie de rigor mortis que dificulta la motricidad, paulatina descomposición de la carne, ataques violentos de furia, deseo antropófago y nulo raciocinio. Además, no se encuentran signos vitales. Es decir, y tómelo con mucha calma, la archiduquesa lleva muerta desde hace mucho.
—¡Chingada madre! —Soltó el presidente tomándose la poca cabellera que le queda en la cabeza y soltando un bufido de desesperación. –¿Cómo que muerta, doctor?
—Se lo digo como facultativo. La paciente muestra todos los síntomas de la muerte. No hay pulso, no hay respiración, no hay respuesta al dolor. En uno de sus ataques violentos se levantó y al intentar atacar a uno de mis ayudantes se clavó un escalpelo en el brazo sin siquiera sentirlo. Salió un chorro de sangre coagulada. La sangre dejó de fluir al poco rato. Lo que sí es que cada vez los ataques son más agresivos. La mujer tiene hambre pero no ha querido comer nada de lo que le ponemos. Además, ha sido imposible conectarle el suero. No encontramos ninguna vena.
—¿Y ahora que le voy a decir al rey?
—La casa real va estar muy enojada si su miembro más destacado muere en nuestro país sin saber la razón. –Dijo la jefa de protocolo. El tono de lo expresado parecía de preocupación pero la sonrisa lo desmentía.
—Ya lo sé, ya lo sé. Primero inundaciones, tornados, huracanes, ejecuciones y ahora esto. Me hubiera quedado de senador a dormir y cobrar sin problema.
—Tiene que verla, dijo Peláez recuperando la cordura.
El doctor empujo una de las dos hojas de la puerta y ahí amarrada  a una silla de ruedas estaba la más grande entre las grandes, con el maquillaje corrido, el cabello rubio canoso alborotado, las medias rotas y el bellísimo vestido de percal verde, diseño exclusivo de Adolfo Dominguez, hecho una ruina. Junto a ella, un hombre grueso, alto y de unos sesenta años lloraba tirado en un sillón. Tres enfermeras veían a los lejos a la Archiduquesa y preparaban sendas jeringas con tranquilizantes suficientes como para dormir a todos en la sala.
—Archiduquesa, a nombre del pueblo de México, le damos la más grande bienvenida, soltó el presidente separando las manos como si esperara un abrazo.
La mujer respondió con un sonoro gruñido que le recordó a aquellas entrevistas que ofrecía en los programas del corazón emitidos por la Uno y que el presidente veía obligado por su esposa quien era una gran entusiasta de salir en el Hola y ser reseñada en las revistas del cotilleo. El regalo de cumpleaños para su mujer fue la compra de la portada de Hola mientras hacían la visita a la catedral de San Pedro y besaban la mano del Papa. Habían salido ya en varias ocasiones en la Hola versión México pero su esposa quería salir en la primera plana de la original. Cuando por fin lo lograron ella mando comprar cientos para repartirlas en todas las oficinas de gobierno, embajadas y entre sus amigas-enemigas más acérrimas.
—Esperemos que haya sido tratada muy bien, completó el presidente.
—No la escucha, acotó el hombre que lloraba en el sillón.
La jefa de protocolo hizo los honores.
—Déjenme hacer los honores. El Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, el señor Ricardo Palencia Mestes, ahora Duque de Alcazar y esposo legal de la Archiduquesa. El hombre se levantó de su sillón y estrechó la mano del mandatario y luego le dio un abrazo que acompañó de más llanto.
—Se nos murió, se nos murió, —decía en su marcado acento ibérico.
—¿La amaba mucho?— preguntó. Por toda respuesta recibió un sollozo ahogado.
La jefa de protocolo miró al presidente y luego pidió con la mirada a Peláez lo separa del doliente. El secretario de salud hacía cara de asco nada más de estar en presencia de la Archiduquesa.
—En realidad la boda de ellos sucedió hace muy poco, informó la jefa de protocolo con su impertérrita sonrisa en uno de los rincones de la sala. —Los hijos se oponían a la unión pero luego de un acuerdo prenupcial y la repartición de títulos nobiliarios la negociación, digo, el matrimonio fue terso. Sin embargo el Duque de Alcazar no puede alegar ningún derecho sobre propiedades… Su esposa todavía no le ha dejado nada en firme.
El deudo se soltó del abrazo de Peláez y comenzó un monólogo muy estudiado
—Le dije, mi amor, vamos mejor a las Canarias no hay que ir a las Américas, allá están muy atrasados, pero quería visitar su isla. Le expliqué, allá no hay butifarras, ni chorizos más que cocos y bananas pero se sentía joven de nuevo a sus 104 años de edad. Bajó del avión y cuando quiso tocar al chango el animal bajó y la mordió. Luego, luego se puso así como loca. Y de repente se quedó quieta, quieta, quieta. Cuando despertó estaba en el hospital y apenas abrió los ojos se lanzó contra el pobre médico, un negro dominicano que hizo lo que pudo pero no aguanto la tarascada que le puso en la garganta. El podre doctor se arrastró como pudo lejos de ella mientras nosotros se la quitábamos de encima. Desgraciadamente la tuvimos que amarrar. Lo más difícil fue vestirla. Una Archiduquesa no puede llegar con vestidos floreados a un aeropuerto de una colonia tan hermosa como lo es México. Entre tres enfermeras le pusimos su vestido que más le gustaba y nos embarcamos para acá. Ustedes saben el resto. Mi pobre bomboncito sigue ahí, gruñendo y ni la virgen de la Macarena le ha podido hacer el milagro.
—Fue una buena decisión pero dudo mucho que su padecimiento tenga solución. —Dijo el doctor Menéndez.
—Si ella muere acá perderemos una buena parte del turismo europeo que viene en navidad. —Dijo Peláez sacando su I-pad como dando datos —Con la influenza quedamos muy mal parados. La gente cree que tenemos un sistema hospitalario de una república bananera.
—Joder, eso es cierto, —agregó el deudo —Lo primero que nos ofrecieron fue paracetamol.
—No fue recibida como la personalidad que es. Merecía cuando menos un mariachi en el hangar presidencial. —Dijo Nidia indignadísima.
—La seguridad nacional está en riesgo, —escupió González y González.
­—Debemos de pensar, debemos de pensar. —El presidente decía esa frase como si de un mantra se tratara.
En ese momento, con un gorrito azul en la cabeza como el de Jackelin Kennedy, un vestido muy sencillo del mismo tono, guantes blancos y una pequeña bolsa Gucci entró la primera echa un huracán.
—¡José de Jesús!, me tienes que explicar porque no fui avisada del arribo de la Archiduquesa. Soltó apenas empujó las puertas de la sala. El equipo de seguridad se hacía bolas en la entrada meditando entre pasar o no.
—Mi amor, no estás autorizada para entrar acá.
—Señora, por favor. —Pedía Peláez.
—La seguridad nacional, señora. —Rumió González y González.
Pero la primera dama tomó vuelo y estrelló la bolsita en la cara del presidente.
—Nada más eso me faltaba, que me hicieras un lado también con la realeza.
—Nos dan cinco minutos, pidió el mandatario sobándose la mejilla y aguantando el enojo.
Los funcionarios salieron de ahí contrariados. El marido-viudo de la archiduquesa se fue al sillón sin hacer ruido.
—Tú no entiendes mi amor. La señora está enferma y debemos resolver esto.
—Lo que sé es que hasta de esas cosas me quieres excluir. Como yo no soy militar. —Y al momento de darle la espalda a su marido vio en la silla de ruedas a la mujer. —Archiduquesa, que vergüenza. Yo acá haciendo un sainete y usted presenciado todo. —La mujer soltó un gruñido y mostros una hilera de dientes putrefactos. —No le entendí. Pero, sea bienvenida a México. Me dice Chucho que está enfermita. Seguro se vino a Cancún a retomar energías, ¿verdad?
La primera dama se acercó a la silla de ruedas y la mujer comenzó a soltar gruñidos cada vez más fuertes. Se hincó frente a ella y al tratar de darle la mano se dio cuenta que estaba amarrada.
—José de Jesús me podrías explicar qué forma es esta de tratar a las visitas.
—La señora está enferma. Es por su protección.
—No hables de ella como si n estuviera. Es una falta de respeto.
—Ella no nos oye. Está enferma.
—Enferma  o no. No la puedes tener amarrada.
—Mi amor, si la desatas no me hago responsable.
—Es una falta a tus deberes cristianos y de respeto a los invitados tener a una anciana amarrada de esa forma.
—Señora, no se lo recomiendo, dijo el deudo desde el sillón sentado en el filo y viendo con curiosidad la escena.
—No lo hagas, te lo ordena el presidente—insistió el mandatario dándose la vuelta y haciendo cara de dignidad. Su esposa ya había desatado las piernas y ahora solo quedaban las manos. La Archiduquesa comenzó a gruñir más fuerte. Su esposo-viudo se paró del sillón.
Entonces, apenas estuvo libre se lanzó contra la primera dama que apenas la vio venir. La primera dentellada le cayó en el cuello arrebatándole una buena parte de carne.
—¡Archiduquesa!, alcanzó a gritar tomándose lo mejor que pudo su sombrerito Kennedy para que no cayera al suelo.
Cuando entró la guardia ya era demasiado tarde. La primera dama ya había perdido el cuello, el cachete, gran parte del pecho pero su coqueto sombrerito seguía en su lugar. La Archiduquesa se veía tranquila degustando un buen pedazo de carne. Se calmó a tal grado que de buena gana subió a su silla de ruedas, se dejó poner las amarras y hasta la enfermera le limpió la boca llena de sangre sin emitir ningún gruñido.
El presidente se quedó en silencio. Peláez entonces rompió el momento diciendo: Ya sé. Nidia llama a la televisión.

En la pantalla se vio descender a la Archiduquesa en su silla de ruedas capitaneada por su esposo. El hombre saludaba frenético a la concurrencia. Se veía feliz, lleno de vida. La conductora del programa de cotilleo decía con voz en off mientras de fondo seguían las imágenes del aeropuerto: Que detalle el de la Archiduquesa, mira que asistir al funeral de su gran amiga luego de ese desafortunado accidente.
—Así es, suspender su luna de miel para demostrarle su amistad y cariño es un símbolo de su nobleza, de su buena cuna. —completó su acompañante con tono bobo.
—Lina, ¿estás ahí? Dinos algo tú que estás cerca de la Archiduquesa. Le podrías pedir un par de impresiones.
En la pantalla se vio a una guapa reportera en un traje sastre hecho a la medida. La mujer se encontraba a pocos pasos de la silla de Ruedas. Las banderas de España y México ondeaban por todos lados, lo mismo en las manos de los niños que hacían una pequeña valla, que en la puerta de acceso o en las guardias de militares. Un fino confeti rojo y dorado se mezclaba con el tricolor que caía del otro lado del cielo.
—Si Pati. Nos acercaremos para escuchar sus palabras.
La silla de ruedas de la homenajeada se acercó a dónde estaba la reportera y esta al paso alargó el micrófono saltándose a un par de militares. El marido vio a la periodista y no tuvo más opción que detenerse.
—Señora, ¿suspende su luna de miel por el deceso de una amiga? —La reportera le acercó lo más que pudo el micrófono. Un sonoro gruñido se escucho al aire acompañado de algunas dentelladas y algo que sonaba a “carne”.
—Sencillamente increíble. —respondió la reportera. —Pero, para usted que significa estar por primera vez en nuestro país. —El micrófono volvió a estar cerca de la Archiduquesa a lo que respondió con un par de dentelladas y otra tanda de gruñidos sólo que más enfurecidos.
—Maravilloso. Su amor por México se hace patente.
—Discúlpela, viene cansada del viaje, —cortó el esposo quien empujó la silla de ruedas lo más rápido que pudo.
—Breve pero concisa, la Archiduquesa nos ha dejado un par de perlas de su nobleza y bonhomía. —Remató la conductora con la voz exaltada.

El presidente llegó a su dormitorio, abrió una botella de Whisky regalo del embajador de Escocia,  y le dio varios tragos. Se quitó el saco, luego los zapatos y cuando se disponía a quitarse el pantalón oyó que alguien tocaba a la puerta.
—¿Quién? —gritó con resignación y enojo.
—Soy yo, Peláez, tenemos una situación—respondieron.
—¿Y ahora que chingaos? —Se puso sus pantuflas de dinosaurio y caminó rumbo a la puerta. —La Archiduquesa ya está en un vuelo de Iberia y mi esposa está enterrada. Que sucede ahora. ¿Otra guerrilla?
—Es su esposa. —soltó apenas abrieron la puerta.
—Mi esposa ya está bien enterrado, si venimos de su funeral.
Peláez por toda respuesta señaló al par de militares que custodiaban la silla de ruedas en la que el cadáver de la primera dama soltaba gruñidos y murmuraba algo parecido a “carne”.

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