martes, 19 de julio de 2011

El Burdel


Hasta hace no mucho tiempo dedicarse a algo relacionado con el arte era catalogado como una gran estupidez. Era bien visto entre amigos y conocidos, pero comprendido como una locura de juventud que no veía su fin y que acarrearía severos problemas al implicado. Pero ahora con las crisis constantes, el sólo hecho de no vivir del presupuesto y dedicarse a cualquier otra cosa es considerada como una tontería. Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error. Es decir, da lo mismos er médioc, abogado o tener dos doctorados, acabarás de taxista.
Por eso cuando la Galería el Burdel se abrió en pleno centro de Tlaxcala, yo no lo consideré como una locura. A pesar de todos los pros/contras con que saltaba a la palestra: el hecho de que fuera arte contemporáneo, que su tendencia pop contrastara con los hábitos de consumo de arte del estado, que fueron en su mayoría creadores que no llegaban a los treinta y ese dejo de “joven progre” de colonia acomodada. Toda esa mezcla podía funcionar a su favor o en contra.
Sin embargo rompieron uno los lineamientos que Felipe Ehrenberg da por sentado: Nunca tiremos en saco roto a nuestros propios colegas allegados, quienes suelen ser nuestros mejores promotores, y quien en ocasiones actúan como curadores y funcionarios: ellos también pueden llegar a ser nuestros mejores coleccionistas.
No sé como vaya funcionando las ventas dentro de este espacio, pero la percepción general, a varios meses de su inicio, es la de alejamiento de tirsos y troyanos por igual. Los otrora simpatizantes les mencionas el sitio y su cara se transforma en decepción completa.
A diferencia de aquel espacio señero como lo era el Mictlan, que en breve tiempo se convirtió en lugar de reunión para distintos tipos de gente; El Burdel poco a poco ha ido perdiendo las simpatías que producía entre sus pares. Y lo que es peor, no ha logrado nuevos simpatizantes.
Las razones son imputables únicamente a la administración, con el agravante de que vivimos en un páramo yermo de propuestas culturales y mucha gente espera un sito a donde buscar refugio, como lo fue el café Intlapancalli, El Mictlán, bar El Tigre original o La Cafebrería. El burdel pudo ser ese refugio que muchos esperábamos.
Recuerdo que uno de los integrantes se quejaba amargamente de que la gente no asistiera a su Taller de arte sonoro, disciplina que incluso en el DF es de unos cuantos. Es no entender al público al que te pretendes acercar.
Aún no cierra, pero no dudo que dentro de poco ese sitio se una las cientos de propuestas que a diario los artistas se envalentonan en crear con resultados fallidos. Los ejemplos sobran.

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