miércoles, 13 de julio de 2011

Érica


No pensábamos encontrarla. Es más, sólo salimos a comer un hot dog, para calmar el hambre y dar una vuelta. Simplemente la casa nos parecía asfixiante. Pero nos la encontramos con su nuevo novio, que a su vez era el mismo tipo de siempre. Es decir, un sujeto blanco, delgado y con cierto pedigrí entre la pequeña comunidad tlaxcalteca. Había andado con hijos de todo tipo de gente, desde senadores, funcionarios de primer, segundo y tercer nivel, hasta empresarios textileros y dueños de restaurantes. En esta ocasión le tocaba al sobrino de un conocido político. Nos lo presentó con mucho gusto y luego nos invitó a tomar un trago.
Gonzalito, como le decía Erica colgándose de su brazo, ya estaba bastante pedo. Se le notaba en la nariz rojiza y en la mirada perdida. Mi pareja y yo pensábamos que nadie puede negar una invitación a beber. Máxime que todo iba a ser gratis: alcohol y vuelta en auto.
Nos subimos atrás y de inmediato me di cuenta que Erica estaba bastante borracha, también. No paraba de hablar y de contar lo “increíble” que iba la campaña del tío a la gobernatura. Nos relató, con mucho entusiasmo, sus visitas domiciliarias y los planes que tenía para cuando fuera gobernador. Erica siempre era así; tomaba como suyos los proyectos de sus infinitas parejas. Por lo cual la podías ver un día recaudando dinero para niños pobres en áfrica y al otro como empresaria en una disco. Un día, podía estar planeado sus vacaciones por el caribe, y al otro, escribiendo una novela para algún premio. Erica era una mujer co todo para aborrecerla, sin embargo no podías hacerlo.
Su novio me pasó la botella de whiskey y le pegué un buen trago. El tipo se sentía en verdad orgulloso de apoyar al más grande ojete de la región. En verdad deleznable. Un sujeto que había hecho su fortuna esquilmando a la gente que descuidaba sus terrenos. El abogadillo veía el lugar en cuestión, preguntaba por el dueño y luego, si era propicio, levantaba un juicio para quedarse con la propiedad.
Pero el sobrino hablaba de él como un gran estadista, como un sujeto digno de toda confianza. Gonzalito ya se veía al mando de alguna secretaría, con la total impunidad que da ser parte del clan. Por eso se pasaba los altos, veía desafiante a los policías y les gritaba a los trabajadores (que a esa hora regresaban en bicicleta a su casa), ¡Pinches nacos! con un aire de triunfo, que saboreaba en el paladar.
Dimos vueltas durante mucho tiempo, mientras la botella seguía bajando su contenido. Pronto, mi pareja se aburrió y me sugirió que nos bajáramos en cualquier alto, sin explicación ni nada. Le dije que no, que esperara a que sacaran la cena. Aceptó a regañadientes. En realidad quería seguir viendo la progresiva degradación que el alcohol operaba en esa pareja de fresas rurales. Además de que me percataba la forma sexual en la que Erica me pasaba la botella. No sabía cómo o cuándo, sin embargo, acabaría acostarse conmigo.
Cuando dimos la enésima vuelta al kiosko, Gonzalo sugirió que fuéramos a la fiesta de cumpleaños de América. ¡Iba a hacer una parrillada!, grito ella. América era un bombón. Una mujer que hacía ejercicio dos horas al día y que gracias a ello tenía un cuerpo perfectamente esculpido. Voltee a ver a mi mujer y ella acepto. A fin de cuentas, una fiesta le pareció más interesante que andar tras esos pendejos.
La fiesta se hizo en una casa no muy lejana del centro. Era como un pequeño fraccionamiento de clase media alta; muy influenciado por las construcciones gringas suburbanas. Las viviendas estaban dispuestas a ambos lados de una avenida con camellón, tenían techos de dos aguas, y el patio frontal estaba bordeado por truenos recortados hasta alcanzar el metro de altura. En la de América ya estaban los amigos de siempre, estudiantes de derecho que venían de Puebla, algunos otros que cambiaban constantemente de carrera, porque sabían que acabarían siendo los dueños de la empresa de papá.
Las mujeres se veían buenisimas. Esa moda de pantalones a media cadera, resaltaban sus nalgas y las ombligueras mostraban algunos estómagos bastante bellos. América se veía deslumbrante. Ella, alta, con unos senos desbordantes, con una cola de caballo coronando su cabeza y enfundada en un pants carísimo, pegado con delicadeza a su cuerpo, nos dio la bienvenida. Yo la disfrute por unos segundos. Vi tranquilamente su boca al hablar, sus ojos al cerrarse y olí todo el tiempo que pude el discreto perfume que emanaba. Era una delicia verla caminar y saberse bonita. El problema era cuando comenzaba a hablar. América no sabía nada más allá de los trece pasos del maquillaje, la nueva tendencia de la ropa en España y claro, Miami, la reciente crema para borrar manchas y los guapos de la tele.
Nos sentamos cerca de la agringada cocina al aire libre (una “barbacoa” aseguró un recién llegado de Seattle), donde estaban los bisteces y chorizos cocinándose. Sin mediar invitación, entre mi pareja y yo, una flaca bastante hambrienta, dimos cuenta de todo lo que pudimos.
Los presentes era un grupo compacto de empresarios o políticos en embrión. La mayoría no sabían lo que era trabajar para pagar la renta. Estaban, claro, los jodidos con ínfulas de ser ricos. Pero no importaba, cuando menos para mí. El vivir con mi pareja, a esas alturas, casi un año y medio ya me hacía sentir un poco claustrofóbico. Además, las fresas siempre estaban buenisimas o saben ocultar muy bien su fealdad con maquillaje y ropa cara. Yo le agradecía los diseñadores del mundo (uníos) que nos brindaran a los cerdos, como un servidor, aquella vista de piernas, nalgas y estómagos perfectamente cubiertas, pero con tanto que imaginar.
Después de un rato ya estaba lo bastante caliente como para sentirme incómodo. Mi pareja estaba menstruando y por supuesto ni por equivocación podría tocarla. Ella era bastante normal en cuanto al sexo y durante ese periodo, por más cachonda que se pusiera, no permitía que me le acercara. Pinche judía.
La casa estaba sola, porque los padres de América “habían salido”. Entre los giros y cambios de lugar propios de la fiesta, me encontré a Erica a la salida del baño. Me sonrió. Quiso salir de la casa de inmediato, pero la detuve del brazo. Ella giro sobre su propio eje y me acercó su aliento alcohólico. La llevé dentro del baño y comencé a besarla con desesperación. Le metí la mano bajo la blusa y apreté con fuerza sus senos; ella soltaba gritos de dolor y yo los apretaba más fuerte. Parecía que en verdad lo disfrutaba. Luego me comenzó a morder con fiereza los hombros y el pecho. Me dolió, la hice para atrás y le levanté la blusa. Le bese las tetas con violencia, dejándole saliva por todos lados y marcas de mis dientes en la piel. Comenzó a gemir como una loca. La miré a los ojos con extrañeza. Estaba excitadísima. Le ordené que bajara la voz porque nos iban a descubrir. Ella se limitó a apagar la luz del baño.
Lo que quería era vaciarme, acabar pronto y regresar al lado de mi pareja. Esta bien que no quería ya vivir más a su lado, pero, tampoco deseaba que termináramos mal. Me gustaba coger con ella. Le bajé a Erica los calzones y justo cuando iba liberar mi pene, entró Gonzalito. La jalo de los cabellos y en plena oscuridad la comenzó a cachetear. Le bramó que era una puta, la puta más grande que había visto en su vida. Yo estuve de acuerdo con él. Erica era así, su naturaleza era “puteril”. No podía hacer nada contra eso. Le gustaba coger, con quien fuera, dar su cuerpo sin miedo, sin promesas de vida a futuro. Aunque en verdad a cada una de sus novios lo quisiera y terminara con ellos porque una cosa era su corazón y otra su vagina hambrienta de penes.
Cosa que Gonzalito no entendía. Gonzalito había visto en Erica la chica de casa rica con la cual formar una familia, echar raíces y frecuentar las fiestas de la comunidad; que acaban siendo fotografiadas para el periódico.
Gracias a ese descubrimiento y las cachetadas que le acomodó no se percató de quien era el que se estaba intentando coger a su novia. Yo salí de ahí de inmediato. Mientras ellos hacían el zafarrancho en la sala, fui a la parte de atrás de la casa, salté al jardín contrario y entré por el frente a la fiesta. Mi pareja me preguntó que donde andaba, que alguien se estaba madreando a mi amiga. Le dije que el baño estaba ocupado y que había ido a mear en el jardín de a lado. Me iba a preguntar algo, cuando salió Erica con la boca chorreando sangre. Agarrándose de la puerta principal a dos manos y columpiándose de atrás para delante, comenzó a gritar que Gonzalito era un puto, que le había pegado, que lo tenía chiquito y que podía irse a chingar a su madre.
Todos en la fiesta soltaron su indignación. “Pinche Gonzalo”, dijeron unos, “Es un cobarde” comentaron otras. Aunque todos coincidían en que Erica había tenido la culpa. Gonzalo la agarró del brazo y como pudo la metió al coche. En un arranque de conductor suicida se dio la vuelta y casi subiéndose a la banqueta nos dijo que nos fuéramos. Yo volteé a ver a mi pareja y ella asintió. La verdad es que la casa quedaba bastante lejos y no teníamos ganas de regresar caminando. Ella se fue atrás con Erica y yo adelante con Gonzalito.
Cuando llegamos a la casa, mi amiga seguía con su retahíla de gritos y chingaderas. Nos bajamos, abrimos la puerta de la cocina, cosa que Erica aprovecho para meterse y salir con un chuchillo. Gonzalito dio un salto hacia atrás y casi se caía en unos arbustos. Yo la cargué en vilo por la cintura y le dije a mi pareja que me esperara en lo que lograba quitarle el cuchillo y la tranquilizaba. Cerré la puerta y vi, entre las sombras de mi pequeño departamento, que ellos dos trataban de entender que era lo que había pasado.
En cuanto estuvimos dentro, Erica soltó el arma y comenzó a besarme. Luego metió la mano en mi bragueta y sacó mi pene. Le intenté decir que no, que se tranquilizara. Ella contestó ya con mi verga cerca de su cara, que no se iba a ir sin antes acabar lo que empezó. La chupó unas cuantas veces y me vine casi de inmediato. “!Me hubieras avisado, cuando menos¡” Se limpió con su blusa lo que no se tragó y luego salió calmada. Se subió al auto y le ordenó a Gonzalito que la llevara a su casa.
―¿Qué le dijiste? –Preguntó mi pareja.
―Nada. Se tragó una pastilla y luego se tranquilizo. –Contesté sereno.
―Esa Erica es una puta. –Dijo, viendo como el auto se alejaba.

(Versión del 14 de noviembre de 2007, la versión para el libro "Extraños" cambió un poco)
NOTA. En una fiesta Fadanelli me pidió un cuento para la revista Moho, así que hice este texto exprofeso para él. Pero cuando lo terminé el tipo se había vivir a Oaxaca y luego a Alemania. Así que no sé si la Moho siga saliendo y si algún día lo veré en sus páginas.

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