lunes, 11 de julio de 2011

Sobre Extraños


Fue hace ya más de cuatro años que mi vida llegó a un momento álgido. Vivía a ratos en Xalapa, en Tlaxcala y el DF. De pronto se cortó el vínculo que tenía con Xalapa y me tuve que refugiar en la Ciudad de México. El único amigo que sabía de esa mala racha y sus villanos me tendió la mano. Cuando llegué a su casa todavía la nube negra llovía sobre mí. Varias veces escribí cartas larguísimas tratando de regresar a Veracruz pero todo estaba roto y tuve que resignarme al duelo y a dejar atrás una vida de casi cinco años. Eso sólo fue el detonante de muchas cosas.
En el DF me fui a vivir a un cuarto de azotea donde cabían dos colchones tamaño individual, una mesa, un sofá cama y algunos libros. Eso sí, mi amigo y yo siempre deseamos conservar el estilo por lo que en las noches nos preparábamos café de grano, poníamos unas sillas en la azotea y platicábamos viendo el cielo rojo de la ciudad.
Sin trabajo claro cantábamos en los camiones, cosa que a mí no me agradaba, por aquello del ego exacerbado. Mi amigo guardaba las monedas de diez pesos y los billetes en un gran frasco de mayonesa McCormick porque con eso nos íbamos a ir de viaje. Huelga decirlo, el frasco nunca se llenó y esas prometidas vacaciones no se concretaron. Pero la esperanza seguí ahí.
En medio de tan precariedad, era divertido podernos leer poesía o narrativa. Un día por la noche llegué y mi amigo tenía los pies subidos en un escritorio que acaba de adquirir. Tenía entre sus manos Sexus de Henry Miller, me leyó un pedazo y me sentí tan bien. Oír la voz jodida del neoyorquino pidiendo prestado en Paris para poder acostarse con una mujer me hizo recordar que la literatura se alimenta de vida.
Esa noche comencé a redactar lo que sería el primer cuento de Extraños. Mi amigo iba todas las tardes a sus juntas de AA y yo me quedaba a espiar a la vecina de abajo, una adolescente de 23 años con un hijo. Frente a ella se mudo un contable, que a la postre se convertiría en nuestro ángel salvador.
Un día el nuevo vecino, un tipo de sesentas años que se estaba divorciando, subió a preguntar por el nombre de algún albañil que le ayudara a reconstruir el departamento, porque estaba hecho una ruina: el agua se colaba por al cocina, el calentador era una reliquia con más de 20 años de uso, el piso estaba levantado, no había luz en la habitación principal, las paredes estaban escarapeladas, el yeso se caía a pedazos y varios vidrios faltaban. Mi amigo observó al personaje, lo midió en fracciones de segundo y dijo: nosotros podemos ayudarle. Me quedé callado porque en parte estaba pagando una manda y en parte porque necesitábamos el dinero.
Al otro día nos dedicamos a quitar el calentador, revocar paredes, instalar contactos, poner el sapo de la caja del baño, reponer vidrios, impermeabilizar el techo, pintar y demás detalles. Yo no sabía hacer nada de eso, pero entre mi amigo y las sucesivas preguntas a ferreteros, electricistas, albañiles pudimos ir haciendo las cosas. El dinero de ese casi mes de trabajo nos dio para vivir con holgura.
En las noches llegaba tan cansado que lo único que me quedaba era imaginarme historias. No las escribía, simplemente se iban acumulando en mi cabeza. El contador tenía severos problemas con su esposa, la vecina de abajo con su novio, mi amigo con su pareja, otro amigo que me permitía beber en su casa tenía problemas con sus tres mujeres. La secretaria del contador me contaba sus problemas y la vecina hacía lo mismo. Pronto me di cuenta de lo solos que estaban todos, que las personas que aparentaban ser con sus parejas no correspondían con lo que yo percibía.
La vida del contador era de supers y restaurantes. Pronto me hizo su chalan de confianza y lo acompañaba a los supermercados en el momento más feliz de su vida: cuando hacía la despensa de la semana. Compraba botellas, revistas, jabones de olor, aerosoles, ropa de Aurrera y sus muebles con la tarjeta de crédito. Su tema favorito era hablar de las mujeres. Le gustaban las señoras entradas en carnes y que rondaran los cuarenta años.
Como gente de su confianza me manda a visitar a algunos de sus clientes. Así pude platicar con taqueros, tenderos, papeleros y una variopinta muestra de los personajes que viven a diario en las colonias Portales, Centro, escuadrón 201 y demás colonias de clase media baja de la ciudad.
Los escritores mexicanos por lo regular nos recluimos en guetos literarios donde vemos el mundo desde los ojos de los libros y las revistas. Nos leemos entre nosotros y de vez en cuando levantamos el puño contra “las injusticias” dándole reenviar a un correo o un coment en el facebook. Ahí recordé lo que era vivir en una colonia jodida entre gente que le importa madre Paz y Fuentes.
El trabajo con el contador poca poco se iba haciendo subyugante. Me había tomado como un hijo y me levantaba a correr en los áridos prados de la colonia escuadrón 201. Mi amigo había tenido que irse a trabajar con la esposa de mi empleador. Cuando comparábamos historias era gracioso ver como uno y el otro se acusaban del divorcio.
Pronto la cotidianeidad con mi amigo se volvió difícil y tuve que abandonar su casa y aceptar un trabajo en Veracruz. Recogí una mañana todas mis cosas y me fui de ahí. En Acayucan pretendíamos crear un museo comunitario un compañero antropólogo, su sobrino y yo. Sin embargo el proyecto no se concretó, pero si me dio el suficiente espacio en las precarias condiciones donde viví como para escribir varios de los cuentos del libro. La historia de Acayucan, sus políticos corruptos, los table dances junto a la iglesia, sus brujos, narcos y tamales, deberá ser contada en otra ocasión.
Cuando regresé a Tlaxcala el esqueleto del libro ya estaba en pleno. Conjunté los cuentos, les di una revisada y se los envíe a una editorial que residía en el estado, misma que había publicado a un par de colegas escritores. El editor me envió una carta de rechazo muy elegante, diciéndome que prácticamente era horrible como escribía, que el sexo y los temas que tocaba eran un impedimento: “…me encontré con que lo escrito era álgido y estuve a punto de tomar las Villadiego, pero decidí continuar leyendo”, escribió. Tiempo después, en su columna semanal dijo que “De ida y vuelta” un volumen sobre artistas plásticos de Tlaxcala que acaba de publicar, también era bastante malo.
Dejé de tocar el tema de querer publicar y me dediqué a trabajar como jefe de difusión del Museo de arte de Tlaxcala, gracias a la intermediación de su ex directora Helena Hernández. Ahí tuve tiempo de dejar enfriar los escritos y de nutrirme de otras realidades. Mi casa se convirtió en el refugio de bebedores ocasionales. Había madrugadas en que me levantaba para abrir y ahí estaban con botella en mano amigos o conocidos. En la cama de visitantes durmieron todo tipo de personas. Yo era el doctor psiquiatra que por las mañana escuchaba la historia de los que sobrevivían a esas noches. Pronto más historias de amores frustrados, de incomunicación y alcoholismo se fueron gestando en mi cabeza.
Fue Nahum Torres quien me sugirió enviar el volumen a Tierra Adentro y esperar el dictamen. Sin conocer a nadie dentro de la estructura, un día lo imprimí, lo empaqueté y esperé pacientemente a que me contestaran. En el museo recibíamos de vez en cuando libros enviados al concurso “Juan Rulfo de primera novela”. Uno sabe que el romántico correo mexicano es muy falible por lo que meses después llamé para preguntar por el destino que había tenido mi envío. Me contestó Mauricio Salvador que muy amablemente comentó que mi libro había pasado una etapa y esperaba otra dictaminación.
En enero de 2010 encontré en mi correo electrónico la felicitación de Rayo Ramírez quien me confirmaba que Extraños se publicaría. Me compré un Don Simón y festejé solo en mi casa. Para ese momento volvía ser desempleado pero la felicidad no cabía en mí.
Al paso del tiempo creo que Extraños habla sobre la incomunicación, sobre el alcoholismo, sobre el sexo como una forma de paliar la soledad, sobre el absurdo de la vida en las ciudades, sobre el desempleo y este mundo suburbano que nos toca vivir a los que tenemos la suerte de pertenecer a la maltrecha clase media. Son claras las influencias de Raymond Carver, Murakami, Henry Miller, Pedro Juan Gutiérrez, Frederick Barthelme, Norman Miler y principalmente de “El Loco Chávez” de Carlos Trillo. Extraños no es un libro de denuncia, ni espera serlo, es simplemente un reflejo de la gente que he visto en mi paso por este mundo.
San Pablo Apetatitlán-Octubre de 2010

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