viernes, 22 de julio de 2011

Sus piernas


Me gustaban sus piernas. Eran delgadas y suaves. Casi nunca usaba falda, por lo que las escondía muy bien tras esos pantalones infames que utilizaba. Pantalones que eran una o dos tallas más grandes de lo que necesitaba. Así, su cuerpo estaba escondido con esos pedazos de tela que nada le hacían justicia. Además, insistía en utilizar sus lentes de pasta y sus gorras viejas. Era como una niña envejecida, porque y a pesar de lo mucho que había vivido era una niña: 17 apenas llegados. 17 años de una vida dura, 17 de llorar y odiar.
No había muchos lugares a donde ir: terrenos baldíos, parques polvorientos, calles sin pintar y hoteles de camas viejas que de vez en vez se les salía algo que juraba era paja. Me gustaba abrazarla y contarle algo. Que mis palabras fueran las que nos sacaran de ahí, de ese sito en medio de la nada, de ese hotel viejo con toallas rasposas y dulces de mantequilla en las almohadas. Ese sitio al que nos teníamos que recluir porque la policía, sus amigos y su familia podrían encontrarnos.
Le acariciaba la espalda pasando mis dedos lentamente por la estructura de su columna, le mordía la nariz y veía sus ojos gatunos. Ella apenas si era un animal espantado entre mis manos. Un ciervo herido, un gato sangrando, que un día soltaría un zarpazo y se iría huyendo. Porque la naturaleza de lo salvaje es escapar y no dejarse asir. Los felinos caseros engordan y mueren victimas de la pereza. Ella no, ella prefería morir libre. Yo compañeros, apenas si soy una cebada mascota que fenecerá en la alfombra de la sala.
Pero como disfrutábamos de comernos la piel, de descubrir nuevas formas de disfrutarnos. No había sitio que no pudiera tocar, no había postura que no pudiéramos experimentar. Su cuerpo era mío a mi entera disposición y solo había que verla de una manera para que ella entendiera lo que deseaba.
Un día lloramos juntos en su casa porque hasta ese momento nos dimos cuenta que ese acuerdo de poco amor y solidaridad de amigos, de disfrutar únicamente el mordernos la piel a escondidas, se había complicado. Me voy, dijo, besándome con desesperación. Nos tenemos que separar, me decía y nos abrazábamos en la central camionera como si ese momento lo pudiéramos alargar más de lo necesario.
Y compañeros, la deje ir sin documentos y sin promesas de volver. Se fue dejándome con la angustia en la garganta, arremolinándose en mi interior. Se fue compañeros y seguro ahora lame otra piel, seguro otros brazos la cubren. Pero dudo que sepan de su naturaleza, dudo que la vean a los ojos y sepan lo que yo sabía al verla.

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